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domingo, 12 de octubre de 2014

La "marca España"...

...es un ridículo concepto que se utiliza mucho últimamente y que a mí, cada vez que lo leo o que lo escucho, me produce ganas de vomitar.

Las últimas noticias con Pujol, Fernández Villa y las tarjetas opacas de Caja Madrid son las inspiradoras de este poema, que publico hoy, 12 de octubre, como contribución al Día de la Fiesta Nacional. ¡Olé!

Imagen: Graham Horn






LA CORTE DE LOS MANGANTES

¡Vaya noticias más edificantes!
Los que daban lecciones de honradez
resulta que no son más que una hez.
¿Y nadie se había dado cuenta antes?

Hipócritas, ladrones y tunantes,
henchidos de una arrogancia soez...
¿Han de ser todos del mismo jaez?
¡España es La Corte de los Mangantes!

Los que tienen la sartén por el mango
solamente saben chupar del frasco,
seguros de que alcanzar cierto rango

les faculta a cometer cualquier fiasco.
Un cerdo revolcándose en el fango:
eso es la "marca España", y da asco.

domingo, 23 de junio de 2013

Cada uno busca lo suyo...

Pues vamos con un relato inspirado en un tema candente. Este no es humorístico, advierto, aunque en algún momento pueda parecerlo.



JUBILADO A LA VISTA

Era miércoles, 30 de septiembre del año 2009. Último día del mes, y del trimestre. El verano había acabado, pero el otoño no parecía decidirse a comenzar, en el cielo se alternaban nubes y claros, y por la calle se veía a gente ataviada tanto con ropa de invierno como de verano. En aquella sucursal de una de tantas Cajas de Ahorros, sin embargo, los empleados sudaban como si estuvieran bajo el sol de agosto. Y el motivo no era que estuviesen agobiados de trabajo.

El lunes sí que había sido movido, como solían serlo los lunes de la última semana del mes, cuando la oficina se llenaba de jubilados que iban a sacar el dinero recién cobrado de su pensión, y de trabajadores que hacían lo propio con su nómina. “Somos animales de costumbres”, había sentenciado Magdalena, la Interventora, refiriéndose al hecho de que la gente de por allí prefiriera los lunes para ir a retirar fondos. El martes habían acudido los que no habían ido el lunes. Pero el miércoles no estaba yendo nadie, y la excesiva tranquilidad les estaba exasperando. Tras ver marcharse a un tipo gordo y quedarse la sucursal nuevamente vacía de clientes, el director salió de su despacho y gritó, sin dirigirse a nadie en concreto:

— ¡¡¿A qué entró ese último?!!
— A cambiar, Armando. Un billete de 20 en monedas de uno y dos euros —respondió Javier, que era quien lo había atendido.
— ¡Joder! ¡Me cago en su puta cabeza! Odio a los que piden cambio. Venga, hostia, venga. ¡Recordad que sólo necesitamos a uno!

Desde su mesa, Magdalena contempló cómo Armando, hecho una furia, volvía a entrar en su despacho. No le caía bien. A ella le había costado mucho tiempo y esfuerzo, y superar unas pruebas de aptitud, el alcanzar la categoría de Interventora. Y le fastidiaba que para el puesto de Director se contratase a gente de fuera de la Caja, sin pruebas de ningún tipo. Pero esa era ahora la norma, sobre todo en las oficinas de la red de expansión como aquella. Se contrataba a gente con experiencia comercial, aunque no tuviesen ni idea del negocio bancario. Y, sobre todo, se contrataba a gente que gracias a su anterior actividad dispusiese de una red de contactos en la zona, de forma que al contratarlos pudieran aportar rápidamente nuevos clientes. Ese había sido el caso de Armando, que regentaba una franquicia de aparatos electrónicos y audiovisuales de alta gama, y presumía de conocer a muchas personalidades, que habían sido clientes suyos y a los que había vendido televisores y equipos de música de “alto standing”. En realidad era un fanfarrón que no conocía a casi nadie. Vestía bien, eso sí, tenía presencia, y era un hábil negociador… cuando se ponía a ello, que no era muy a menudo. Por lo demás, era un ignorante y un absoluto vago, y todo el trabajo de la oficina lo gestionaba Magdalena, incluyendo la mayor parte de las ocupaciones que, por su cargo, le hubieran correspondido a él. Armando se limitaba a encerrarse en su despacho a navegar por Internet y hablar por teléfono, a atender a “los clientes importantes” (con el asesoramiento de Magdalena para los aspectos técnicos de los contratos, por supuesto) y a salir de vez en cuando a pegar unos cuantos gritos sazonados de tacos para “motivarles”, especialmente cuando le tocaba transmitir al personal las exigencias y objetivos que la Jefatura de Zona había fijado para la oficina.

Los objetivos. Los malditos objetivos. Ésa era la razón del nerviosismo y los sudores de aquel día. Les faltaba “colocar” treinta mil euros en participaciones preferentes (sin duda el producto estrella de esa temporada) para alcanzar el objetivo del trimestre, y, según hacían camino las manecillas del reloj redondo que presidía la pared del fondo, cada vez parecía menos probable conseguirlo. No cumplir el objetivo, aunque fuera por tan poco, significaría para todos la pérdida de la suculenta prima que suponía un porcentaje elevado del sueldo mensual. Para Armando incluso podía suponer la pérdida de su empleo, de hecho esa solía ser la amenaza que recibían los directores. En realidad, y dado que sería la primera vez que no alcanzaran los objetivos fijados, y que además no lo harían por muy poco, Magdalena no creía que fueran a despedirle, aunque seguramente le darían un toque, que él a su vez les transmitiría a ellos multiplicado por diez.

Quien probablemente sí se iría el paro sería Lucas, el nuevo, que sólo llevaba estos tres meses en la oficina, en período de prueba. Hacer el período de prueba en una oficina que no cubría objetivos era sinónimo seguro de no renovación del contrato, aunque la culpa no fuese suya. Lucas tenía 27 años y este era sólo su segundo trabajo. Había sido contratado urgentemente a través de una E.T.T. después de que Lorena, su antecesora, se cambiara de trabajo por sorpresa. Lucas era Licenciado en Económicas, y como suele ocurrir con los licenciados jóvenes, tenía muchos conocimientos teóricos pero muy poco espíritu práctico. Había congeniado bastante con Armando, que le trataba casi como a un discípulo.

Luego estaba Javier, el veterano, que llevaba diez años en el mismo puesto, y como él decía, las había “visto de todos los colores”. Era una persona afable y su mayor preocupación eran sus niños, a los que adoraba y de los que hablaba siempre que tenía ocasión. No le importaban los ascensos ni las oportunidades, sino estar tranquilo y a gusto. Desde su juventud y ambición, tanto Armando como Lucas le contemplaban con cierto desprecio, y no se daban cuenta de que era el principal activo de la oficina, por la confianza que inspiraba y el trato cercano y amable que prodigaba a los clientes, a todos los clientes, independientemente del volumen de negocio que supusieran para la entidad. Y es que si era importante captar clientes, también lo era fidelizarlos, y en eso la simpatía de Javier resultaba fundamental, aunque el director no se diera mucha cuenta. Javier trabajaba como el que más y se esforzaba en cumplir los objetivos, pero no se callaba su opinión y más de una vez había manifestado reparos morales a los productos que la Caja les obligaba a vender, lo cual Armando consideraba insufrible, acusándole de “no estar implicado” con la empresa, de “no sentirse identificado” con la misma. Tales aseveraciones, empero, sólo conseguían que Javier se riera con estentóreas carcajadas, exasperando aún más al irascible director. Magdalena solía mantenerse al margen en esas discusiones aunque, en el fondo, pensaba lo mismo que Javier. Pero no decía nada. Lo que sí hacía era defender a Javier en los informes confidenciales sobre el personal que los Servicios Centrales le solicitaban periódicamente, algo de lo que Armando no tenía ni idea, pues pensaba que sólo le pedían informes a él. Magdalena estaba segura de que si Javier seguía en su puesto, era gracias a ella.

La mañana siguió avanzando, sin casi clientes. Armando se movía por el despacho como un león enjaulado y los demás, especialmente Lucas, no estaban mucho mejor de los nervios. De repente, cuando el reloj marcaba ya la una y diez, Armando se asomó un momento por la puerta del despacho y advirtió:
— ¡Eh, eh, atención, que veo un jubilado que viene hacia aquí!

Todos miraron hacia el ventanal y la puerta acristalada. Efectivamente, un hombre delgado y de edad avanzada estaba cruzando la calle en dirección a la oficina. Llevaba un bastón en la mano derecha, pero no parecía necesitarlo pues caminaba con bastante agilidad. Alcanzó la acera, miró hacia la sucursal, estudió un momento los carteles anunciadores, y dirigió sus pasos hacia la puerta.

— ¡Va a entrar! ¡Va a entrar! —exclamó Lucas en voz baja.
— ¡Todos! Poned cara seria y haced como que trabajáis mucho — sugirió Magdalena.
— Que nos la jugamos, ¿eh? — recordó Armando.

El señor entró, y se encontró con un silencio sepulcral. Aparentemente concentrados en sus tareas, nadie levantó la vista para mirarle. En la puerta de su despacho, Armando fingía estudiar unos papeles mientras dudaba sobre si debía salir a saludarle directamente o no. El caballero miró a un lado y a otro y dijo en voz alta:

— Buenos días, ¿quién me puede atender?
— Buenos días, señor, cualquiera le atenderá perfectamente —respondió Javier desde su sitio.— ¿Qué es lo que desea?
— Lo que deseo ye… ganar dinero —dijo el hombre, golpeando el suelo tres veces con su bastón, para recalcar su afirmación.

Desplegando una amplia sonrisa, Armando salió de su despacho y avanzó hacia el anciano extendiendo el brazo.

— ¡Ah! Muy bien, me parece estupendo —dijo, estrechándole la mano al recién llegado—. Pues entonces lo mejor es que se siente con nuestra interventora, la señorita Magdalena, que le comentará...
— No, no, no —le interrumpió el hombre con voz firme—. Yo no quiero hablar con una muyer. Yo quiero que me atienda un paisano. El que mande.

Armando se quedó un momento parado. Magdalena era la más experta, pero el cliente parecía ser un machista redomado y la contemplaba con desconfianza. Así que optó por una solución que no le gustaba, pero que era la mejor dadas las circunstancias:

— De acuerdo, entonces venga usted a mi despacho. Me presento, me llamo Armando Gutiérrez y soy el director de la oficina. Javier, ¿puedes venir con nosotros? Sí, este es Javier, que es… también interventor, y conoce muy bien los aspectos técnicos de nuestras ofertas.

Javier se levantó, cruzó una mirada nerviosa con Magdalena, y acompañó a los otros dos hasta el despacho. Al pasar por delante de Lucas, éste le hizo un gesto con los pulgares para darle ánimo. Luego de que entraran, Lucas se levantó y fue hacia la mesa de Magdalena.

— ¿Cómo lo ves? Un poco gilipollas el tío, ¿no?
— Sí, pero Armando reaccionó rápido y ha sido listo llamando a Javier. Es muy tranquilo y además se le da bien ganarse la confianza de la gente.
— ¡Y además le ha subido la categoría! Ahora es interventor, ja, ja. Me lo podía haber dicho a mí. Yo también podría haber informado bien.
— Tú estás muy nervioso, Lucas.
— Ya lo sé. Espero que a Javier no le dé la venada moralista. Hay que colocar las preferentes como sea.
— A ver si te das cuenta de que Javier sólo dice esas cosas cuando habla con nosotros. Con los clientes es totalmente profesional. Además, con lo que ha dicho ese viejo no me parece que vaya a tener escrúpulos con él.
— No, claro. Joder, qué nervios.… ¡Que no quiero irme otra vez al paro!
— Venga, tranquilo.

En el despacho, el anciano se había sentado en el cómodo sillón, pero sin repantigarse, dejando la espalda erguida y manteniéndose alerta. Armando se sentaba enfrente, tras su mesa, y Javier se mantenía de pie, pero algo apartado de la mesa, procurando que su presencia no resultase intimidatoria.

— Miren, me llamo Pablo César Ordieres —dijo el recién llegado—. Tengo 72 años y, bueno, toy jubilao.
— Pues estupendo, a eso aspiramos todos, a llegar a jubilarnos y estar bien —dijo Javier sonriendo.
— Toy bien, toy bien. Nun me puedo quejar. Bueno, pues yo tenía un pisín guapo y tal, que lo había comprao pa la mi fía. Pero luego ella marchose a trabayar a Granada y quedose allí. Y entós vendí el piso. Con lo que saqué compré otru, y volvilo a vender unos meses después, con mucha ganancia. Y como los pisos seguían subiendo, pues entós compre otru, volví a vendelu, compré otru, lo vendí, luego otru más y así unes cuantes veces en estos años. No paraben de subir los precios… ¡había que aprovechar! Bueno, pues a base de comprar y vender pisinos híceme con un capitalín bastante guapo. Vendí por última vez hace unos meses y qué quiés, ahora ya nun me fío de comprar otro pisu, porque ya no están subiendo, ahora incluso bajen y tó, así que buscaba meter el dinerín a plazo fijo. Y quería ver a ver qué me ofrecéis.

— ¿De cuánto dinero hablamos? —inquirió Armando con seriedad.
— De trescientos mil eurinos. Que no ye poco, ¿eh?
— No, no, eso son son casi… cincuenta millones —calculó Javier—. Enhorabuena. Espero ahorrar yo algún día tanto como eso.
— No fue fácil, ¿eh?
— Nooo, ya me lo imagino. Hay que dar mucho el callo para ganar eso —añadió Javier afablemente.
— Pues... está muy bien, sí. —intervino Armando—. Podríamos ofrecerle un plazo fijo, pero… visto que es usted una persona con mentalidad de negocio, una persona que sabe aprovechar las oportunidades, yo creo que podemos ofrecerle algo mejor.
— ¿Algo mejor? Bueno, ¿mejor en qué sentido?
— Pues que le dará un interés mucho más alto.
— ¡Ah, bueno! Pues venga. Es lo que yo quiero: dinerín. ¿Y cómo ye?

Armando vaciló un momento, dudando sobre cómo introducir el producto. Pero su incómodo silencio fue roto rápidamente por Javier.

— Tenemos una oferta muy muy buena que viene a ser como un depósito a plazo fijo… peroooo… sin plazo fijo.
— ¿Sin plazo?
— Eso es. Cuando usted mete el dinero, no hay una fecha fija en la que se lo devolvemos, sino que el depósito sigue ahí hasta que usted diga.
— ¿Hasta que yo diga? ¿Y cuánto tiempo pué ser?
— Lo que usted decida —confirmó Javier—. Tanto si es un año como si son… ¡veinte! Lo que usted decida.
— En el momento en que lo quiera sacar, nos lo dice —añadió Armando.
— ¡Ah, está bien...! ¿Y tó el tiempo que lo tenga estoy cobrando intereses?
— Claro. Y unos intereses muy altos —volvió a informar Javier, que se había hecho con la conversación.
— ¡Bueno! ¿Y cuál ye el interés esi tan alto?
— Pues para empezar, un cinco por ciento.
— ¡¡Un cinco por ciento!! ¡Pero eso ye muchísimo! ¿Ye un cinco de verdad?
— Sí, durante el primer año.
— ¿Sólo un año? ¿Y después?
— Después del primer año, el interés baja. Sigue siendo alto pero baja un poco.
— ¿Cuánto baja?
— Pues igual al dos o al tres o así.
— ¿No ye un interés marcao?
— No, depende del Euríbor.
— El Evíbor esi ye lo de les hipoteques, ¿no?
— Efectivamente.
— Bueno, no tá mal. El Evíbor ye jodido pagalo, pero si voy cobralo… Pero si yo quiero recuperar el dinero tras el primer año al cinco, ¿puedo?
— Eeeeh… sí, sí puede. Pero tiene una penalización.
— ¿Una penalización?
— Sí, pero es algo que tiene su lógica. Verá, esto se entiende como un activo finan… no, quiero decir un depósito… eso, un depósito para plazos grandes. ¡Por eso da un interés tan alto! Y si usted no mantiene el dinero un plazo amplio, entonces hay una penalización.
— Ya, claro, entiendo —dijo el anciano, con cara de no entender absolutamente nada.
— Si usted lo saca al cabo de sólo un año —continuó Javier— entonces tiene una penalización. Pero no tiene por qué tenerla. Para eso sólo tiene que dejar el dinero unos pocos años. Que el dinero va a estar seguro y además va a cobrar unos intereses muy buenos. Que después del primer año ya no va a ser el cinco, de acuerdo, ya ve que no le miento, pero el interés va a seguir estando muy bien.
— Bueno, pues parece que tá bien eso que dices. Por lo que me cuentes, pué ganase bastante dinerín. Que ye lo que yo quiero. Tú entiéndesme, ¿no?
— Claro que le entiendo. Ganar dinero es lo quiere todo el mundo, aunque diga lo contrario —volvió a intervenir Armando.
— Entonces, ¿hacemos el contrato? —preguntó Javier.
— ¿Un año al cinco por ciento? ¡Venga, a por ello! —contestó el señor.

El resto fue rápido. El señor Pablo César Ordieres les entregó su D.N.I y Javier fue con Magdalena para que ella preparara el contrato, al tiempo que Lucas le abría una cuenta al cliente. Mientras tanto éste se ponía en contacto con su oficina bancaria para hacer la transferencia del dinero.

— Pues aquí lo tiene. Trescientos mil euros. Un cinco por ciento el primer año, y a partir de ahí el Euríbor más el uno coma cinco —informó un sonriente Armando cuando todo estuvo listo, poniendo el contrato delante de don Pablo César y ofreciéndole su pluma.
— ¿Qué pone aquí? ¿Preferente? —preguntó el señor.
— Sí, “participación preferente” es el nombre técnico, pero ya le digo, viene a ser parecido a un plazo fijo, sólo que sin plazo —volvió a recalcar Javier.
— Gústame. Suena muy bien eso de “preferente”. Como “preferencia”, de estar por delante.
— Si quiere leer todo el contrato, le dejamos un tiempo para leerlo tranquilamente. Y si no entiende algo… — ofreció sibilinamente Javier.
— ¡No, fío! Todo esto no me lo voy a leer —respondió el anciano, tal como Javier esperaba—. Yo fíome de ti. Si el interés ye el que dices, yo firmo ya.

Y firmó. Media hora después, con la oficina ya cerrada al público, Armando se mostraba exultante:

— Chavales… ¡lo hemos conseguido! En la última hora del último día, pero lo logramos. Ja, ja, ja, trescientos mil euros, joder. Hemos cumplido el objetivo del trimestre, ¡y lo hemos superado con creces! Lucas, ya te puedo decir que te quedas. Y todos vamos a cobrar la prima. Javier, permíteme que te felicite expresamente. Yo en ese momento me quedé cortado, y tú solventaste la situación con maestría. ¡Qué manera de camelarte al viejo!
— Gracias, estoy contento, pero cada vez que tenemos un caso de estos... ¿tú crees que ese tío tiene la menor idea de qué es lo que ha comprado?
— Mira, que se joda —sentenció Lucas—. Con eso que me habéis dicho de que el tipo presumía de lo que había ganado especulando con pisos, hostia... ¡Por culpa de gente como esa estoy yo todavía viviendo con mis padres! Con las ganas que tengo de irme, caray.
— Un depósito a plazo… sin plazo. ¡Qué buena idea! ¿Cómo se te ocurrió? —quiso saber Armando.
— Pues no es la primera vez que lo utilizo. El tipo venía con la idea de un depósito a plazo, así que yo sólo disfracé el producto de algo parecido a lo que quería. Anda que cuando descubra que, como pone la letra pequeña del contrato, el interés sólo se cobra si la entidad alcanza determinado nivel de beneficios y que en caso contrario no se cobra nada… Y que por supuesto no es un depósito, sino un activo financiero, parecido a una acción pero sin voz ni voto en las Juntas… Y que él no puede devolvérnoslo, pero la Caja sí puede recomprárselo cuando quiera… Y que para recuperar su dinero lo que tiene que hacer es venderlo, como se venden las acciones en la bolsa… Y que el mercado para estos productos es muy poco líquido y costará un huevo que consiga venderlo… Y que la penalización que le dije no es tal, sino la diferencia entre la cotización de las preferentes en el mercado y el valor nominal que ha pagado… Y que esa diferencia, que ahora mismo debe andar por el veinte por ciento, no va a ir a menos con los años como le di a entender, sino que con esta crisis muy probablemente vaya a ir a más…
—¿Has terminado de largar? —preguntó Armando, aburrido.
— Sí, tenía que soltarlo.
— Pues yo también tengo algo que soltar. Y creo que nos os va a gustar. Aparte de felicitarte, quería deciros que ya he hablado con la Jefatura de Zona, informándoles de la operación. Nos han felicitado, pero también han dicho que el próximo trimestre nos suben los objetivos un veinte por ciento.
— ¡¡¿Qué?!! —se alarmó Magdalena.
— ¡¡Hombre, no me jodas!! —gritó Javier.
— La hostia… —dijo Lucas.
— Lo siento. No me han dado opción. Esos sí que son unos hijos de puta.
— Ya —dijo Magdalena—. Con la maldita crisis el grifo de la financiación internacional está cerrado, el mercado inmobiliario anda por los suelos y nos está generando unos agujeros contables tremendos, y la manera de conseguir dinero para taparlos es pidiéndoselo al Estado por un lado…
—…y trincándoselo a los incautos por el otro. ¡Pues yo ya estoy hasta las narices de engañar a la gente! ¿Por qué creéis que se fue Lorena? ¡Si no fuera por mis niños...! —vociferó Javier.
— ¡No empieces otra vez! —le espetó Armando—. Y no emplees esos términos de “trincar” y “engañar”, que al fin y al cabo tú trabajas aquí. Venga, vamos a celebrar todos que por esta vez lo hemos conseguido, y que Lucas se queda.
— ¡Ja, ja, ja! Vale, está bien, ya no me acordaba de eso. Enhorabuena, chaval.
— Gracias, Javier. Y gracias a todos. A mí también me jode lo del veinte por ciento, ¿eh? Pero bueno, sí, por lo menos voy a seguir trabajando.


Tres años y medio después, la Caja había sido rescatada con dinero público, se había fusionado con otras y reconvertido en un banco, y de resultas de su nuevo plan de reestructuración, la sucursal había sido cerrada. Magdalena, Javier y Lucas estaban el paro, Armando había vuelto a su franquicia, y don Pablo César Ordieres había perdido casi todo su dinero.

domingo, 19 de mayo de 2013

Somos muy buenos...

...tal vez demasiado.

Imagen: Manel Fontdevila


CONTRASTE

Sumidos en la impotencia
nos devoran los escualos
y nos machacan a palos
mas la continua violencia
no agota nuestra paciencia
mientras los que están al mando
se cabrean mucho cuando
para decir que están hartas
van las gentes con pancartas
pacíficas y cantando.

domingo, 17 de febrero de 2013

Debe haber esperanza...

...en alguna parte, pero me cuesta encontrarla. La podredumbre que se respira ha alcanzado ya niveles intolerables. Perdonad si no soy demasiado optimista.

Imagen: SanPe





CIELO SIN ESTRELLAS

No hay que adaptar a Marx a nuestros días
ni añorar a los viejos dictadores.
Necesitamos nuevas utopías.
Necesitamos nuevos soñadores.

Nada esperamos ya de esos señores
cuyas conciencias se han quedado frías.
Insensibles a llantos y clamores
exigen sacrificios y porfías,

imponen penurias y carestías,
mientras ellos, ufanos receptores
de sobres con cuantiosas regalías,
coleccionistas de cargos, gestores

de la pública escoria, vendedores
de humo con aroma a ideologías,
persisten en subastar sus favores
y hacer negocio con sus simpatías.

Y no ofrece mayores garantías
ninguno, entre los competidores.
Todos dicen las mismas tonterías,
hipócritas e igual de estafadores.

Ya son insoportables los hedores
que desprenden sus nobles señorías.
Se han corrompido el aire y los colores,
y los sueños nacen con malatías.

Se nos multiplican las agonías,
los suicidios, el hambre, los horrores…
pero ellos enarbolan dilogías
y otorgan validez a sus errores.

Mas los datos no pueden ser peores:
se están hundiendo las economías.
¿Qué buscan en verdad esos traidores
canallas con sus medidas impías?

No creo en milagros ni santerías.
¿Acaso ya no existen pensadores?
No hay nadie que proponga teorías,
modelos ni soluciones mejores,

salvo parchear los mismos motores
y encarrilarnos en las mismas vías.
Necesitamos nuevos soñadores.
Necesitamos nuevas utopías.

domingo, 13 de enero de 2013

Palabras conciliadoras...

...nos sueltan de cuando en cuando, asegurando siempre que la salida del pozo está a la vista, y que nos perjudican por nuestro bien. Siempre que los escucho hablar en ese plan pienso lo mismo: que se creen que somos gilipollas, y lo peor es que posiblemente acierten. Este irónico poema me lo han inspirado nuestros delirantes gobernantes, y pretende ser una traducción de lo que quieren decir con su calculado tono conciliador.

Imagen: J.A.V.I.




MENSAJE DEL GOBIERNO (a usted mismo)

Apelo a su responsabilidad.
Estamos al borde del precipicio.
El país precisa su sacrificio.
Por favor, renuncie a su dignidad.

¿Para qué quiere usted tantos derechos?
¡Pero si no sabe cómo ejercerlos!
No se preocupe tanto por perderlos.
Esto es así. Aténgase a los hechos.

Nosotros sabemos la solución
a la crisis. Y no hay otra salida
que no sea arruinarle a usted la vida.
Compréndalo. Es nuestra obligación.

Todos los expertos economistas
coinciden en decir que es necesario,
excepto los que afirman lo contrario,
pero esos son sólo unos alarmistas.

Si está usted en el paro, no zozobre.
Si trabaja, cobre menos salario.
Resígnese. Acepte su calvario.
Muestre su patriotismo: sea pobre.

domingo, 4 de noviembre de 2012

No es sólo una estadística...

Cuando oímos o leemos las aberrantes cifras de paro en nuestro triste país, ¿nos acordamos de que se refieren a personas? Nuestros gobernantes desde luego parece que no, ya que el paro sigue sin ser una prioridad para ellos, por más que digan. Las medidas que se toman van encaminadas a corregir el déficit público y aliviar la situación de los bancos. El desempleo y el drama social que conlleva son, por lo visto, algo secundario.

Imagen: Carlos Becerra




LAS HORAS

Es otoño...
Es otoño...
Es sólo otoño en España
y otoño en este hemisferio,
pero ya hace más de un año
que tú vives en invierno,
y que la calefacción
es solamente un recuerdo.
Y el sol nunca te calienta
porque tu frío es interno,
y lo sientes en el alma,
y lo sientes en los huesos,
y te parece que habitas
entre paredes de hielo,
y son frías tus sonrisas
y hasta son fríos tus besos.

¿Y qué haces?...
¿Y qué haces?...
Levantarte en la mañana,
llevar al niño a la escuela,
y luego buscar la forma
de que las horas se muevan,
y a lo mejor ir de compras
al Día o al Alimerka
con una calculadora
funcionando en tu cabeza,
pasando de largo cosas
que antes iban a la cesta,
y después volver a casa
y encontrar a tu pareja
con los ojos lacerados
de tantas noches en vela.

Se marchita...
Se marchita...
Vuestra vida se marchita.
No hay color en vuestro cielo,
no tienen olor las flores
ni sabor los alimentos.
Primero uno, luego el otro,
se perdieron los dos sueldos.
Pasasteis a ser cenizas
arrastradas por el viento,
a vivir como proscritos
condenados al destierro.
Y van pasando los días,
y van muriendo los sueños,
y la luz de la esperanza
brilla cada vez más lejos.

Y las cartas...
Y las cartas...
con tu currículum vitae
que no sabes por qué mandas,
sólo muy de cuando en cuando
te encuentras con que te llaman
para cortas entrevistas
donde preguntan chorradas,
o dinámicas de grupo
donde tipos con corbata
prácticamente se ríen
de los que optan a la plaza.
Y en la Oficina de Empleo
colas cada vez más largas
cuando vas cada tres meses
a renovar la demanda.

Y el silencio...
Y el silencio...
que se extiende por el piso
como si fuera una plaga,
y estar los dos en la mesa
sin decir una palabra,
y chocarte con sus ojos,
y encontrar en su mirada
el reflejo de tu propia
soledad acompañada.
Y la ponzoñosa tele
que silenciosa te mata,
y apagarla y encenderla,
y encenderla y apagarla,
y que los teledïarios
se claven en tu garganta.

Y las dudas...
Y las dudas...
porque ya sólo te quedan
cuatro meses de subsidio
y no atisbas la salida,
y no ves ningún camino,
en todas las direcciones
hay horizontes perdidos.
Y pasear por la calle
de la mano de tu hijo
y que te pida un juguete
y negarlo con un grito,
o mirar sus ojos grandes
y concederle el capricho
con la sensación atroz
de cometer un delito.

Y el orgullo...
Y el orgullo...
que se ahoga en la impotencia,
la dignidad es un cuento
cuando ves a la miseria
en el fondo del espejo.
Y visitar a tu madre
y que ella te dé dinero
y aceptarlo con la rabia
corroyéndote por dentro.
Y tener crisis de llanto.
Y no saber cuánto tiempo
podréis pagar la hipoteca
mientras van disminuyendo
lo ahorros que guardabais
tras ilusiones y esfuerzos.

Y la angustia...
Y la angustia...
Esa opresión en el pecho
que ya siempre te acompaña.
Y racionar el champú.
Y racionar hasta el agua.
Y contemplar cómo sigue
la vida tras la ventana.
Y acostarse por la noche
y dar vueltas en la cama.
Y no saber qué pensar,
y no querer pensar nada
porque pensar es peor,
porque es pensar en mañana.
Y las horas, y las horas,
más y más horas, que pasan...

sábado, 20 de octubre de 2012

Conoce a tu enemigo...

...como se suele decir. A estas alturas, yo creo que todos tenemos una ligera idea de cómo se ha generado la crisis que padecemos. Pero, por algunas frases que he escuchado últimamente (del tipo de "el dinero no desaparece" y cosas así), me he dado cuenta de la cantidad de gente que no conoce el mecanismo que intentaré explicar en el poema de hoy, y que está en la raíz misma de la crisis: la rueda gigantesca del apalancamiento, esto es, la creación desmedida de dinero ficticio por parte de la banca. En la medida de mis pocas posibilidades, mi objetivo aquí es solventar esa ignorancia y abrirle los ojos a alguno que otro. Señoras y señores, con ustedes "el sistema":

Imagen: Eduardo Alonso Álvarez



EL DINERO NO EXISTE

El dinero no existe, es un puro artificio.
Aunque cueste creerlo, casi todo es ficticio,
un ardid de los bancos en pos del beneficio.
Pero por culpa de ello… vamos al precipicio.

Si digo que es ficticio, no me malinterpretes.
Está claro que existen monedas y billetes
que los bancos centrales emiten con membretes,
pero son fruslerías, unos meros juguetes.

Más del noventa y cinco por ciento del dinero
que circula, a diario, por nuestro mundo es huero,
no existe realmente, es humo financiero
creado por los bancos en virtud de su fuero.

Porque los bancos juegan con el albur taimado
de que aquellos que tengan su dinero ingresado
sacarán de su cuenta, de media (y es probado)
un porcentaje enano de lo depositado.

El dinero efectivo que nunca es reintegrado
se emplea como base para el desaguisado,
pues su importe se presta… ¡pero multiplicado!
Por diez o veinte o treinta… lo que tengan pensado.

El truco tiene nombre: el “apalancamiento”.
Es generar dinero sin ningún fundamento,
dinero que tan sólo existe como asiento
en las cuentas del banco, por lo demás es cuento.

Y lo más divertido: aunque suene irreal,
tal dinero ficticio… ¡es de curso legal!
Se admite como pago de manera normal.
¿Tú nunca has hecho uso de dinero virtual?

Pues los bancos se esfuerzan con denuedo en lograr
que el uso del dinero real tienda a bajar,
y para ello se inventan maneras de pagar
en las que el efectivo no se tenga que usar.

Piensa en las transferencias, las domiciliaciones,
los pagos con tarjeta, todas las inversiones,
los adeudos en cuenta y otras operaciones
que los bancos fomentan… por muy buenas razones.

El dinero ficticio se mueve por millones
en órdenes de compra y de venta de acciones,
deuda pública, letras, bonos, obligaciones
y también derivados: futuros, swaps, opciones…

En proporción, de un préstamo vendría a ser “real”
tan sólo una pequeña parte del nominal.
Pero al hacer el cálculo de la deuda total,
el interés se aplica… ¡a todo el capital!

Es mejor para un banco prestarte cien que ochenta
pues cuanto más te presta, más interés le renta.
Y el dinero preciso… ¡el banco se lo inventa!
Lo crea en el momento que lo anota en tu cuenta.

Cuando el préstamo, luego, va siendo amortizado
según tú, poco a poco, les pagas lo adeudado
de acuerdo con las cuotas que te han estipulado…
¿Qué sucede en el banco con lo que te han cobrado?

Que con los intereses su beneficio crece,
el capital “real” se salda y prevalece,
y a lo que era ficticio ¿sabes qué le acontece?
Hablando claramente: ¡pues que desaparece!

¿Vas entendiendo ahora los préstamos inflados
para pagar los pisos de precios engordados?
Era una simple apuesta, era un juego de dados.
Por ir ellos por lana, salimos trasquilados.

Un préstamo se hace por una previsión
de riqueza futura, por una producción
que se espera que luego compense la inversión.
El apalancamiento se permite en razón

de que considerado de esta forma, sería
un cierto estimulante para la economía.
Pero cuando el sistema bancario se confía
y se emite dinero ficticio en demasía

eso sólo genera especulación pura,
una bola que crece y crece mientras dura
hasta que al final cae como fruta madura,
estalla la burbuja, y empieza la tortura.

Pero, naturalmente... ¡eso ya ha sucedido!
El dinero ficticio globalmente emitido
sobrepasó la lógica, la razón y el sentido.
Y el sistema completo terminó corrompido.

Gobiernos, parlamentos, toda la jerarquía
de organismos rectores (B.C.E. y compañía),
las agencias de rating, firmas de auditoría…
¿Por qué ninguno de ellos hizo lo que debía?

Nadie le puso freno ni trabas a la rueda.
Todos participaban de esa gran humareda,
y afirmaron ufanos que iba como la seda
hasta momentos antes del “¡sálvese quien pueda!”.

En España tuvimos la moda del ladrillo,
con todos los sectores adorando su brillo.
Para los bancos era un negocio sencillo:
el dinero ficticio se generó a porrillo

y con él financiaron tanto a los constructores
que hacían las viviendas, como a los compradores.
La situación atrajo a muchos inversores.
Y todos actüaron como especuladores.

Cegados por el lucro, se arriesgó demasiado
y ahora no hay manera de que quede saldado.
De resultas tenemos al país arruinado
por deudas generadas con dinero inventado.

Y así se desarrolla esta historia tan triste.
Aunque te hayas reído, esto no es ningún chiste.
Todo lo que nos cuentan, todo lo que creíste,
todo es una patraña. ¡¡El dinero no existe!!


Imagen: El blog salmón