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sábado, 21 de marzo de 2020

Abrazos en la despensa...

Día Mundial de la Poesía. Con la que está cayendo, no podemos permitirnos obviar esta efeméride. ¡¡ÁNIMO!!

Imagen: Pamula Reeves-Barker




QUIERO TENERLO TODO PREPARADO

¿Acumular mucho papel higiénico?
No es por fardar de que yo soy muy ético,
pero son otras en este momento
mis prioridades de almacenamiento.
Cuando este virus pierda su corona
y pueda al fin volver al Mercadona
sin mascarillas, guantes ni distancias;
cuando las más sencillas circunstancias
vuelvan a ser humildes y ordinarias
y las rutinas sean rutinarias;
quiero tenerlo todo preparado
como hoy la lista del supermercado.

Por eso…

Voy juntando abrazos en la despensa
y guardo lágrimas en la nevera
y los besos rebosan mis cajones.
Las caricias, para que no se doblen,
las coloco entre páginas de libros.
Todavía tengo que encontrar sitio
para los apretones y palmadas.
Voy a hacer un cuaderno con miradas,
a aprenderme canciones y poemas,
y a colgar las sonrisas de las perchas
para que estén dispuestas, siempre a mano.
¡Quiero tenerlo todo preparado!

Porque voy a llorar cuando te vea,
cuando corra a abrazarte y cuando pueda
acariciar tu pelo con mis dedos
y acariciar mi rostro con tu pelo.
Y servirán los besos de moneda.
Y empujaré otra vez sillas de ruedas.
Y sonreiremos en nuestros reencuentros
igual que los niños en los colegios.

Por eso…

Cuando triunfen la ciencia y la paciencia
y coronemos a las enfermeras
quiero tenerlo todo preparado,
como hoy la lista del supermercado.

sábado, 23 de febrero de 2013

Consuelo...

...es todo lo que podemos ofrecerle a un amigo cuando pierde a un ser querido. Consuelo y cariño. Y recordarle que nadie, nunca, se va del todo. Este poema es para Óscar, y para todos aquellos que, también, hoy echan de menos a alguien. Es decir, para todos.

Imagen: J.A.V.I.



CONTIGO

No me busques en el susurro del viento.
No me busques en el rumor de las olas.
No me busques en la luna y las estrellas.
No me busques en los campos o en los montes.
No me busques entre las nubes del cielo.
No me busques entre las gotas de lluvia.
No me busques en los muebles ni en los libros.
No me busques tras la piedra con mi nombre.

Yo voy a estar en los labios que te rocen,
y también en los abrazos que recibas.
Yo voy a estar en las caricias que sientas.
Yo voy a estar en la voz de tus amigos.
Yo voy a estar en todos los corazones
que laten en sintonía con el tuyo.
Yo voy a estar en los ojos que te quieren.
Yo voy a estar en la risa de los niños.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Un homenaje...

Este poema os va a resultar muy similar a VÍNCULO, y tiene su motivo: Cuando ya llevaba tiempo escribiendo ese "canto a la amistad", participé en una Reunión de Antiguos Alumnos del colegio donde hice la E.G.B. Me lo pasé tan bien, me gustó tanto reencontrarme con mis antiguos compañeros, que decidí convertir el poema en una suerte de homenaje a tan señalada ocasión. Pero tras un tiempo trabajando en ello, algunas de las nuevas estrofas no terminaban de cuadrar con las antiguas, así que al final opté por mantener VÍNCULO con su idea original (podéis leerlo aquí), y escribir un nuevo poema aprovechando las nuevas estrofas ya creadas. Aquí está, por fin finalizado.

Imágenes: Carlos Becerra





DE BALONES Y TEBEOS

Los lápices, gomas, reglas,
bolígrafos y cuadernos
pugnaban en las carteras
con nuestros libros de texto.

Ululaba la sirena
sin dar cuartel a los lentos
y ordenados en hileras
entrábamos al colegio:

Jóvenes mentes inquietas
con los ojos muy abiertos,
la risa siempre dispuesta
y los corazones tiernos.

Y aquella mágica ciencia
de vivir siempre al momento,
sin planes y sin esquemas,
todo puro sentimiento.

En la memoria se mezclan
las clases y los recreos,
los gritos y las carreras,
los “deberes” y los juegos.

Eran días de inconsciencia,
de bicicletas sin freno,
de “Nocilla” en la merienda,
de balones y tebeos,

de series de sobremesa
con valientes mosqueperros,
gnomos de barbas espesas
o un león inglés viajero,

de sudar la camiseta
en tardes de entrenamiento
y competir con fiereza
en partidos domingueros,

de pop, rock y heavy metal,
de ritmos discotequeros,
de pletinas traicioneras
y mañosos lapiceros,

de temblorosas propuestas
(esos “¿te gusto?” discretos)
y fatídicas respuestas
(los “como amigo” perversos),

de aventurarnos a tientas
en el campo del deseo
(morreos, roces de piernas...
¡no llegábamos más lejos!),

de “profes” que, con paciencia
(y con bastantes cabreos),
en nuestras duras molleras
sembraban conocimientos,

de exámenes y “chuletas”,
de aprobados y suspensos,
de empollones con solera,
de simpáticos gamberros,

de patéticas peleas
(“a la salida te espero”),
y de amistades estrechas
sentidas con todo el cuerpo.

No teníamos problemas
ni teníamos dinero,
ni móviles multimedia
ni ordenadores virgueros.

¿Nos hicieron mucha mella
los años que transcurrieron?
Tal vez pero, en conciencia,
no tanta como creemos.

Ahora parecen pequeñas
nuestras cuitas de aquel tiempo
pero en aquella inocencia
aún nos reconocemos.

Crecer, sí, fue una experiencia
que afrontar sin escondernos,
y aunque pasamos la prueba
no resultamos ilesos.

Hemos perdido certezas,
hemos perdonado sueños,
hemos permutado ideas
y perfeccionado miedos.

Hoy tenemos hipotecas,
automóviles, empleos,
parejas que nos esperan
y niños que nos dan besos.

La vida nos dio mil vueltas
pero ¡seguimos enteros!
y es una emoción extrema
volver a veros de nuevo.

Brindo por vuestra presencia.
Brindo por… los que se fueron.
¡Y que los ausentes sepan
que los echamos de menos!

Mas no cunda la tristeza
ni nos venza el desaliento.
¡Hoy brillan más las estrellas
por nuestro feliz Encuentro!

Yo tengo ganas de juerga.
Vosotros también, espero.
Demos comienzo a la fiesta
y todos juntos brindemos

por nuestra pequeña escuela,
porque fuimos compañeros
y, si nada lo remedia,
lo somos y lo seremos.

Dedicado con cariño a todos mis compañeros del Colegio Público "Julián Gómez Elisburu" de Gijón, y especialmente a la generación de nacidos en 1973. ¡Que sigan esos encuentros!

sábado, 25 de agosto de 2012

Déjame que te diga...


...que esta es la versión definitiva del poema, o eso espero. Y como dije cuando lo publiqué antes, es cierto que este poema tiene claramente como una de sus fuentes de inspiración el famoso "If..." de Rudyard Kipling, aunque no cuenta exactamente lo mismo. Espero que os guste, y que si estáis bajos os levante un poco el ánimo. Me ha salido en alejandrinos asonantes con cesura. Qué cosas.

Imagen: Looking Glass



TE LLAMARÉ MI HERMANO

Si de arbóreos troncos que hacia el cielo se elevan
han palpado tus manos la rugosa corteza,
si has rodado en la hierba, si has corrido en la arena,
si en la nieve profundas has dejado tus huellas…

Si has vadeado ríos, si el mar fue tu horizonte,
si oteaste paisajes de una belleza enorme,
si has explorado cuevas, si has coronado montes,
si en parajes con eco has gritado tu nombre…

Si has embocado bolas, si has barajado naipes,
si con blancas o negras has dado jaque mate,
si has tenido en los bares charlas inolvidables,
si has gozado comiendo deliciosos manjares…

Si le escribiste cartas a un amigo lejano,
si a un amigo en apuros le tendiste la mano,
si en fortuitos encuentros has recibido abrazos
de amigos que creías ya tener olvidados…

Si a fugaces estrellas les pediste deseos,
si has soñado dormido, si has soñado despierto,
si alguna vez lograste ver cumplido algún sueño,
aunque fuera sencillo, aunque fuera pequeño…

Si a la luz de la luna has cantado canciones,
si has bailado sin tregua, y con fríos licores
has templado tu fuego en las mágicas noches
a las que ni siquiera el sol les pone broche…

Si la música suele llegar a emocionarte,
si has estado en museos disfrutando del arte,
si se cuentan los libros entre tus amistades
porque son los más fieles compañeros de viaje

Si en el cine has reído, y también has llorado,
si la verdad has visto desnuda en el teatro,
si el mechero encendido sostuviste en lo alto
dentro del mar de llamas que alumbraba un estadio…

Si has fajado tus labios en incontables besos,
si te has zambullido en la piel de otro cuerpo,
si el amor te hizo presa, aunque fuera un momento,
aunque se terminase marchando con el viento…

Si encuentras fascinante conversar con un niño
y escuchar sus historias llenas de ingenio vivo,
y si tú fuiste niño, y jugaste a los indios
o a piratas que buscan tesoros escondidos

…déjame que te diga que no has vivido en balde,
que has llenado tu tiempo de preciosos instantes.
Porque forjas amigos en lugares distantes
siempre habrá corazones dentro de tu equipaje.

Déjame que te diga que estás equivocado
esas veces que piensas que eres un fracasado.
Te queda mucha vida que escribir en tu diario
y allá donde tú vayas te llamaré mi hermano.

sábado, 2 de junio de 2012

Un poema con "instrucciones"...

El pasado otoño concebí la idea de escribir un "canto a la amistad" con un lenguaje ligeramente épico. Han sido muchos meses de revisiones, correcciones y añadidos, pero por fin lo he terminado. Se lo dedico a todos mis amigos (vosotros, mis lectores, estáis incluidos en la categoría).

Instrucciones de uso:
Recítese alto y claro, con la voz temblando de emoción pero procurando no llorar. Se admite la declamación solista, si bien se recomienda la interpretación a coro. En cualquier caso la misma debe realizarse en el ámbito de una reunión de amigos, ya sea en noche de juerga, en excursión de montaña o en algún otro evento similar.

Imagen: J.A.V.I.


VÍNCULO

La alegría es nuestro lema,
la amistad es nuestro Reino,
y tenemos por bandera
nuestros cabellos al viento.


Sois mi fe y mi fortaleza,
a vuestro lado no siento
ni el punzón de la tristeza
ni el frío abrazo del miedo.

Juntos prendimos la mecha
cuando no existía el tiempo,
la juventud era eterna
y nos latía en el pecho.

Juntos besamos la tierra.
Juntos tocamos el cielo.
Y en la horma de una estrella
dimos forma a nuestros sueños.

De las preguntas modernas
que nos habíamos hecho
encontramos la respuesta
leyendo libros añejos.

Desafïamos tormentas,
nos fascinaron secretos,
atravesamos fronteras
y desvelamos misterios.

El reloj sopló en las velas
de nuestros tibios deseos
y el amor encendió hogueras
en nuestros fueros internos.

Hemos compartido juergas
y compartido silencios,
vivido noches de fiesta
y amaneceres de duelo.

Nunca quiso darnos tregua
la vida, con sus requiebros,
y lloramos por la ausencia
de nuestros amigos muertos.

Pero nos une una fuerza,
un vínculo tan estrecho
que ninguna vil tragedia
será capaz de romperlo.

Sé que no hay montaña, selva,
océano ni desierto
que atravesar yo no pueda
si me empuja vuestro aliento.

No salimos de novelas,
no somos bravos guerreros,
caballeros de leyenda
ni personajes de cuento.

Somos personas compuestas
de piel, carne, hueso y nervio,
que se estremecen y tiemblan,
llenas de dudas y anhelos.

Pero hay sangre en nuestras venas
y riega nuestro cerebro.
El corazón la bombea
porque nos sigue latiendo.

Cuando amenacen problemas
y el futuro sea negro
mi mano estará dispuesta
a vuestro servicio pleno.

Pude contar con las vuestras
en mis peores momentos
y no existe otra manera
de poder agradecerlo.

No hay doblez en nuestra entrega
ni resabios traicioneros.
Formamos una cadena
con eslabones de hierro.

Y cuando la época venga
en que nos hagamos viejos
y nuestro pelo encanezca
y hasta nos duelan los huesos,

mientras nos quede consciencia
seguiremos insistiendo
en apurar la belleza
que existe en el universo.

Nuestra sonrisa sincera
no será presa del tedio.
Seguiremos en la brecha
y nos seguiremos viendo

para compartir la mesa,
para tomarnos el pelo,
para relatar vivencias,
para revivir recuerdos,

para afrontar nuevas sendas,
para abrazarnos de nuevo
y cantar a las estrellas
agrupados junto al fuego.

Y cantar a las estrellas
agrupados junto al fuego.

Y cantar a las estrellas
agrupados junto al fuego.

domingo, 20 de mayo de 2012

A la hora señalada...

Dejamos descansar un poco a las musas poéticas, y os presento este relatillo que ya tiene algunos años, si bien lo he remozado un poco para la ocasión. Así estreno el apartado de "cuentos" del título del blog, que hasta ahora parecía incongruente. Espero que lo disfrutéis.

Imagen: Salón de Actos de la Diputación de Granada.



LA CONFERENCIA

Miró su reloj. Faltaban solamente unos minutos. Con tranquilidad, recogió sus notas, las transparencias, el CD con la presentación, todo el material para la conferencia. El momento había llegado. Su momento. Su apoteosis. El premio a tantos años de esfuerzo. Expondría los resultados de su larga y paciente investigación. Habría aplausos. Y por fin se sentiría recompensado. El avance de sus conclusiones había despertado gran expectación, la prensa había hablado de ello, el Decano le había dicho que se esperaba un lleno total en el auditorio. Eso era lo que quería. Una multitud de rostros, de seres humanos, felicitándole, agradeciéndole su tenacidad, haciéndole sentir que había valido la pena. ¿Cuántos de sus viejos colegas estarían allí? Seguramente también estarían muchos de sus antiguos alumnos, así como los becarios que habían trabajado con él al principio. Además, claro, de un montón de estudiantes actuales, caras que no conocía, jóvenes aspirantes a científico, y también curiosos, público en general aficionado a la ciencia. Los periodistas y políticos no le importaban. Si luego recibía algún premio, si le publicaban en las revistas más importantes, si llegaban las entrevistas en radio y televisión, le traía sin cuidado. Era el calor humano lo que ansiaba, los apretones de manos, las palmadas en el hombro de sus colegas pasados, presentes y futuros. El trabajo había sido duro y con frecuencia solitario. Demasiado solitario.

Recordó cuando, veinte años atrás, había propuesto aquella línea de investigación inaudita y, a priori, poco prometedera. En un principio le habían apoyado, eso lo reconocía. Pero los resultados no llegaron, y el dinero destinado al proyecto fue disminuyendo. Pasó de cinco colaboradores a tres, luego a uno, y finalmente nada. Tras su jubilación, se había pasado los últimos cuatro años trabajando solo en el pequeño laboratorio del sótano de su casa. Tantos años, tantos errores, tanto revisar una y otra vez los planteamientos hasta dar con la clave…

Pero ya todo daba igual. Lo había conseguido.

Le extrañó que nadie hubiera ido a buscarle al pequeño despacho que le habían asignado. Volvió a mirar la hora. Caray, iba a llegar tarde. Por los ventanales entraba la escasa luz matinal que conseguía filtrarse entre las oscuras nubes de aquel lluvioso octubre. Sus pasos presurosos resonaban en los desiertos pasillos de la Facultad, desiertos como cabía esperar siendo domingo, aunque tal vez demasiado para este domingo en concreto. No se oían murmullos, no parecía haber nadie en el edificio. Y tampoco había nadie esperando en las afueras del Salón de Actos. Suspiró. Era casi la hora. Ya debía estar dentro todo el mundo. Se emocionó al ver su nombre escrito en grandes caracteres en el gigantesco cartel anunciador. Excitado, apoyó el oído en la entrada. Ni un ruido. Inquieto, abrió la puerta y se quedó mudo. Estaba vacío.

No, no del todo, había una persona, un joven con coleta, sentado en la quinta fila. El joven se levantó y le hizo una respetuosa inclinación de cabeza mientras el viejo científico se dirigía a la tarima. De repente habló:
– Buenos días.
– Hola, chaval – contestó.
– Qué… qué… qué raro que no haya nadie, ¿no?

Contempló al joven. Sentía una tristeza infinita, pero la estupefacción no le dejaba ni llorar. Una persona. Veinte años de trabajo por una persona. Le hizo al joven una tímida pregunta:
– Es la hora, ¿verdad?
– Sí, sí, son las doce.

Se quedó pensativo un momento, y volvió a preguntar:
– ¿Tú quieres escuchar la conferencia?
– Sí, sí, yo sí, y creía que mis amigos también, pero… – miró en derredor e hizo un gesto de impotencia.
– Pues venga – dijo el viejo científico, sonriendo. ¿Una persona? ¡Pues una persona! ¡Y al infierno con todo! Subió a la tarima, se sentó en la butaca central de la mesa destinada a los ponentes, y encendió el ordenador allí dispuesto (que, por lo que pudo ver, estaba atornillado a la mesa). Entonces se fijó en que el proyector digital estaba apagado.

– Oye, ¿tú sabes cómo se enciende ese chisme? – dijo, señalando el aparato.
– Sí, sí, espere que le ayudo – contestó el chico, levantándose –. Tendrá que haber un mando por ahí.

Buscaron infructuosamente el mando en los cajones. Finalmente el joven se agachó, y anunció alborozado que lo había encontrado. Estaba en una especie de funda atornillada a la parte interior de la mesa. Se irguió y se lo entregó.
– Tiene que darle aquí… y después aquí – dijo, señalándole los botones precisos.
– Gracias.
– Jo, le aseguro que esta es la conferencia más rara en la que he estado en mi vida.
– Pues anda que yo…
Se miraron sonriendo, y los dos estallaron en carcajadas.
– Oye, ¿cómo te llamas?
– Felipe Jorge Hernández.
– No está mal. Encantado. Yo soy Augusto – se estrecharon la mano –. Siéntate. Voy a empezar.
– ¿No esperamos a nadie?
– Ni por asomo.

Mientras desgranaba sus conocimientos, el joven escuchaba con atención, tomando notas, incluso en un par de ocasiones le interrumpió para hacerle una pregunta. Comenzó a sentirse realmente bien. Sí, una persona podía ser suficiente. Alguien de veras interesado. Un camarada. Un compañero. Un amigo.

Llevaba media hora de exposición, cuando empezaron a oírse murmullos provenientes del exterior de la sala. ¿Alguno que había llegado tarde? Pues ahora que se fastidiaran. Si alguien se atrevía a entrar le gritaría amablemente que se fuera a paseo. Pero quien entró cinco minutos más tarde, con aspecto azorado, fue el propio Decano.

– ¡Señor Miraflores! ¡Pero si está aquí! Me había preocupado al no encontrarle en su despacho. ¡Están buscándole por todo el edificio! Vaya susto que me ha dado. Bueno… ¿todo listo? No se imagina la riada de gente que tenemos aquí fuera. Y los periodistas… ¿Le importa que le hagan unas fotografías antes de empezar la conferencia? Oiga, perdone… ¿está usted bien? Le veo algo pálido. ¿Este joven es asistente suyo? Un momento, yo a ti te conozco… ¡Tú vas a mi clase! ¿Qué coño haces aquí? Tenías que estar esperando fuera. ¿No ves que estás molestando, imbécil? ¡Sal inmediatamente!

Augusto estaba inmóvil, escuchando el parloteo del Decano, sin entender nada de lo que ocurría. Levantó la voz:
– Oiga, perdone. Vamos a ver si nos aclaramos. ¿La conferencia no era a las doce?

El Decano dejó de abroncar al asombrado joven, que estaba tan pálido como Miraflores, y le atendió solícito.
– Pues claro, a las doce, dentro de veinte minutos…
– Pero yo, yo… yo le estaba dando la conferencia a este señor.
– ¿A éste? ¿A éste? ¿Pero qué dice? ¡Si este es un inútil! ¡No estudia un pimiento! Pero a usted, ¿qué le ocurre? ¿Qué hora cree que es? Oiga, no… por favor, no me diga que… ¿Usted se acordó de cambiar la hora ayer por la noche? ¡Había que atrasar el reloj una hora! ¡Entraba en vigor el horario de invierno!
– ¡OSTIA! – exclamó horrorizado el joven, dándose una palmada en la frente.
– ¿Todavía aquí? ¡Te he dicho que SALGAS! – gritó el Decano, exasperado.

Felipe Jorge se levantó con aspecto asustado, recogió a toda prisa sus pertenencias y corrió hacia la salida, repitiendo sin cesar el mismo mantra:
– ¡Qué mierda, qué mierda, qué mierda, qué mierda…!

Miraflores, en cambio, no dijo nada. No sabía qué decir. De pronto lo veía todo claro. Sentía una extraña mezcla de alivio y decepción. ¿Y ahora iba a tener que empezar otra vez?

El Decano aguardó a que su alumno hubiera salido, cabeceó y dirigió al techo una cómica mirada de fingida desesperación.
– ¡Qué cruz! ¿Y dónde cojones estaría el bedel que tenía que vigilar que no entrara nadie? Bueno, no ha pasado nada. Mire, vamos a salir por la puerta lateral, y luego daré aviso para que el público empiece a entrar en la sala. Incluso el idiota ese, si se atreve. Le llevaré ahora donde los periodistas y… – volvió a cabecear –. ¡Joder, es que no lo entiendo! Le juro que no lo entiendo. Pero, hombre de Dios, ¿no le pareció raro que no hubiera nadie?
– Pues sí… pero llevo tantos años trabajando solo… y además sí que había alguien.
– Ya. ¡A ese gilipollas lo voy a deslomar en cuanto lo pille!
– No, hombre, no diga eso, si es un chico muy amable y educado. Le estaba dando la charla muy a gusto.
– ¡Por favor! Lo que hay que escuchar.

La conferencia fue un éxito, aunque durante la misma tuvo que aguantarse la risa cada vez que su mirada se encontraba con la de su colega de despiste, ahora sentado en la undécima fila. Al finalizar, el auditorio entero prorrumpió en estruendosos aplausos, los flashes de las cámaras resplandecieron, y a continuación llegaron por fin los tan ansiados saludos, las felicitaciones efusivas de catedráticos e investigadores, los reencuentros, los abrazos, los apretones de manos y las palmadas en el hombro. Pero, aunque gratificantes, advirtió que no le preocupaban tanto como había creído. Sus ojos no cesaban de buscar a Felipe Jorge, a su simpático, aplicado y servicial oyente. Cuando lo atisbó, a punto de irse, se disculpó un momento ante la nube de personas que le envolvía, se apresuró a alcanzarle y le invitó a comer. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en su ayudante de laboratorio y, años más tarde, en otro eminente investigador.