viernes, 13 de mayo de 2022

La Liga de la Justicia...

...ya no es lo que era. O al menos eso podría pensarse leyendo mi nuevo relato cómico, que va de Carnaval, superhéroes y sexo. Sólo que no son los superhéroes de verdad, naturalmente. Todos sabemos que esos no practican sexo.


Imagen: Alex Ross






EL PROBADOR

Mientras caminaban juntos, Batman le preguntó a Superman:
Oye, Federico. ¿Tú estás seguro de que es por aquí?
Hombre, seguro, seguro… –le respondió su amigo, dubitativo.
Como lleguemos tarde al desfile del crío…
Tranquiiiilooo Juan Luis, que acabamos enseguida, hombre.

Siguieron caminando y contemplaron a su derecha cómo una leona cazaba una gacela. Mientras, a su izquierda, una serpiente atrapaba un ratón. Más adelante, a la derecha un barco se bamboleaba azotado por una fuerte tormenta, y a la izquierda pudieron ver a Flash y a Linterna Verde morreándose, desnudándose mutuamente y chillando con alborozo al descubrir que los dos llevaban una liga en la pierna.

El hombre vestido de Superman se detuvo un momento contemplando la escena.
¿Pero qué peli es esta? –preguntó.
¡La conozco! ¡Ja, ja, ja! –se rió su compañero–. Seguro que querían poner “La Liga de la Justicia”, pero se han equivocado y han puesto “Las ligas de la justicia”, que es una parodia porno.

Llegaron al final del pasillo de la sección de Imagen del hipermercado del centro comercial, con su montón de televisores encendidos a ambos lados, y torcieron a la derecha. Allí había cafeteras y otros electrodomésticos pequeños.

¡Caray! Creo que no vamos bien –reconoció Federico “Superman”.
Y ahora lo dices, ¿no? Oye, ¿y si le preguntamos a un dependiente? –propuso Juan Luis “Batman”.
Ya, pero lo difícil va a ser reconocerles. Con esto del Carnaval están todos disfrazados.
Como nosotros, sí. Puede ser cualquiera.
Mmmm… voy a preguntar.

Superman señaló a dos personas que se encontraban en ese mismo pasillo, una a la mitad y la otra hacia el final del mismo, y que curiosamente parecían estar mirándose fijamente la una a la otra con desconfianza.

¿A quién? –quiso saber Batman–. ¿A la chica vestida de Wonder Woman? ¿O al señor disfrazado de Margaret Thatcher?
Hombre, la de Wonder Woman no. No creo que les permitan enseñar tanta carne. Mejor el de la Thatcher.
Sí, pero espera, mejor pregunto yo. Con eso que llevas bajo el brazo igual te mira mal.

Juan Luis se dirigió a la persona indicada (la cual le observó con creciente extrañeza mientras se acercaba), y le dijo:
Buenos días, disculpe usted. Primero, le felicito por el disfraz de Margaret Thatcher. Lo ha clavado. Y ahora quería preguntarle…
Pero, ¿qué está diciendo? No llevo ningún disfraz. ¡Esta es mi ropa normal!
¡Huy, perdone, caballero! Yo creí…
¿Cómo que caballero? ¡Yo soy una mujer!
¿No es un travesti?
¿Travesti yo?
¡Ay, lo siento, lo siento! Ya lo entiendo, es usted una mujer trans.
¿Trans? ¿Yo, trans? ¡Yo soy una mujer natural y biológica, y casada por la Santa Madre Iglesia! –protestó la interpelada, mientras empezaba a atizarle con el bolso en la cabeza.
¡Ay! ¡Ay! Perdón, perdón, es que con ese careto…
¿Y qué careto tengo? ¡Careto el suyo, frescales! ¡Mamarracho! ¡Drag queen!
¡Drag queen no, que voy de Batman! ¡Ay! ¡Ay! ¡No pegue!
¿De barman? Sí, claro. Yo he estado en muchos bares en mi vida y en ninguno he visto a nadie atendiendo así vestido. ¡Tome, tome y tome! ¡Sinvergüenza! ¡Mequetrefe! ¡Cliente de puticlub!

La furiosa dama siguió su camino echando pestes, pero antes de irse definitivamente se dio la vuelta un instante y espetó:
Y ahí llega la otra. ¡País de degenerados!

Por “la otra” se refería a la mujer vestida de Wonder Woman, que se había aproximado tras ser testigo cercano de la violenta escena.
¿Está usted bien? ¡Ay, por favor! ¿Cómo se le ocurre decirle eso a doña Concha? ¡Con el mal genio que tiene! –dijo tras cerciorarse de que la señora se había marchado.
¿Doña Concha? ¡Vaya bruja! Menos mal que el bolso ese no era duro.
Algunas veces lleva un cenicero de mármol, para ponerse a fumar en las terrazas donde está prohibido, pero se ve que hoy no. Ha tenido suerte.
Nos equivocamos, ¿eh? ¡No era un tío! Vaya cómo te ha dado –intervino Federico, que acababa de llegar.
¡¡Y tú vaya bien que ayudas!! Te has quedado ahí parado como un pasmarote.
Hombre, tenía que proteger el artefacto –se justificó Superman, levantando un momento lo que llevaba bajo el brazo: un conjunto de tapa y asiento para un inodoro.

Entonces los dos amigos advirtieron que, en el corpiño de su distraz, la chica lucía una etiqueta prendida con el emblema del hipermercado. Se miraron un segundo, cabecearon y Juan Luis “Batman” le preguntó:
¿Es usted dependiente?
Sí, claro que lo soy –contestó ella, señalando la etiqueta.
Ay… –suspiró Juan Luis–. Nosotros sólo queríamos saber dónde está la sección de ropa, con los probadores.
Es que necesito probar esto –explicó Federico “Superman”, mostrando su “equipaje”.
¿Eso?
Claro. Yo en una colchonería puedo probar un colchón. En una tienda de muebles puedo probar un sillón. Pues si me voy a comprar un asiento para el váter digo yo que también podré probarlo. Es un razonamiento lógico.
¡¿Lógico?! Eeeeeh… pero, ¿qué quiere probar?
Si no chirría, si es cómodo, si se ajusta a mi trasero… ¡Muchas cosas! Y claro, no me voy a bajar los pantalones aquí fuera.
No, no, por supuesto –asintió irónicamente la chica, intentando mantener la compostura.
Bueno, ¿nos dice por dónde es?– inquirió impaciente Juan Luis.
Tienen que seguir ese pasillo hasta el final, luego torcer a la derecha y traaaas… cuatro lineales, creo que son, estarán allí.
¡Vale! Muchas gracias. ¡Vamos, Fede!

Wonder Woman permaneció inmóvil y con expresión de susto, contemplándoles mientras se marchaban. De improviso Batman se dio la vuelta, se acercó a ella y le dijo en voz baja:
Oiga, a mí no me mire. Yo no sabía a lo que veníamos. Y porque con la capucha del disfraz de Batman no se me ve la cara y nadie me reconoce, que si no a buenas horas iba a seguir yo con el gilipollas este. Muy bueno el disfraz, por cierto.


¿Has ido a decirle lo de la peli porno? –quiso saber Federico cuando volvió a su lado.
Sí, eso mismo. Y que le quedaba muy bien el disfraz.
Ya. Con ese tipazo…
Sí. No es como nosotros y nuestras barriguitas, que parecemos una caricatura de los superhéroes.
Eso de barriguita lo dirás por ti. Yo estoy en forma –repuso contrariado Superman, deteniéndose un momento.
Sí, claaaaro. ¡Tira p’alante!
Vooooy. ¡Qué prisas!
Quiero ver a mi niño con el disfraz de Tarzán en el desfile infantil.
Disfraz de Tarzán… El forro de piel falsa de leopardo de un bolso, sujeto con un par de clips. Como se le caiga…
Tiene que ser un disfraz casero, son las normas del concurso. Pero no te preocupes. La foto con los clips te la mandé hace dos días, se lo pusimos así para comprobar que el tamaño era el correcto y se lo cubría todo. Ahora él ya se lo ha cosido y está bien hecho.
¿Quieres decir él mismo?
¡Claro que él mismo! Ni su madre ni yo sabemos coser. Y lo bien que nos viene que se aficionara a “Maestros de la costura” y le pidiera a la abuela que le enseñase. Ahora él nos cose los botones, nos coge los bajos, nos remienda los calcetines y nos ensancha las sisas. Es un fenómeno.
¿Y no os parece que eso es abusar de un niño de nueve años?
Ocho, tiene ocho. ¿Abusar? ¿De qué? ¡Es nuestro hijo! Tú sí que estás abusando.
¡No puedo hacer esto solo!
No puedes hacerlo solo… ¿Me recuerdas otra vez por qué estamos aquí?
Porque rompí sin querer el de casa bailando claqué. Y mi mujer me ha exigido que lleve otro cuanto antes, porque lo de hacer pis y caca sin asiento no le convence nada.
Bailando claqué, por favor… ¡Bailando claqué!
Me estaba imaginando que era Fred Astaire, me subí encima zapateando, di un par de saltos y al tercero… ¡cras!
No recuerdo ninguna película de Fred Astaire en la que bailara encima de un váter.
Quise aportar mi toque personal.
No me lo puedo creer. Espero que por lo menos te pegaras una hostia de las gordas.
Hombre, el trompazo fue de órdago. Pero por suerte el aire intermedio del sombrero de copa amortiguó el golpe en la cabeza. Aunque se quedó chafado.
¿Sombrero de copa?
Sí, como en ese momento estaba solo en casa, me puse cómodo y sólo llevaba puestos los zapatos de claqué, los calcetines, los calzoncillos, la pajarita y el sombrero de copa.
Tampoco recuerdo ninguna película en la que Fred Astaire…
¡Cállate ya! Corcho, no puede uno tener personalidad propia.
Dios, tu esposa tiene razón cuando dice que estás como una cabra.
¿Qué? Pues la señora esa también ha acertado, ¿eh?
¿La del bolso? ¿En qué?
En lo de “cliente de puticlub”.
¡Me cago en…! Ya te he dicho que yo sólo voy ahí porque mi mujer se empeña, porque quiere que aprenda trucos.
Porque eres un calzonazos. Si tu esposa quiere trucos, ¿por qué no va ella a aprenderlos?
¡No, si ella también va! Y más veces que yo. Bah, no sabes lo harto que estoy de azotes, cuero negro, posturas, instrumentos y chorradas. El sexo no tendría que ser tan complicado.
El caso es quejarse. ¡Pero si no sabes la suerte que tienes! Ya me gustaría a mí que a mi mujer le gustase experimentar, como a la tuya.
Pues experimenta tú con mi mujer, si quieres. Yo ya estoy harto.
¿En serio? ¿Qué me estás proponiendo? ¡Acepto lo que sea!
Espera, ¿qué he dicho? ¡No, no, no, no, nooooo! ¡Lo retiro! Era lo que me faltaba. ¡Contigo noooooo!
¿Cómo que conmigo no? ¿Quieres decir que con otro sí? ¿Por qué?
¡Ni contigo ni con nadie! No pensé lo que decía.
Ya, ya… Pero con los del burdel sí.
Esoooos… son profesionales. Y no tengo otro remedio.
Yo también puedo ser muy profesional cuando quiero.
Pues ya podías querer alguna vez en el trabajo. ¡Mira! ¡Ya hemos llegado!

Efectivamente, estaban en la sección textil. Pasearon la vista por encima, identificaron la zona de “Hombre” y caminaron hacia allí. Enseguida fue a atenderles un tipo alto y barbudo disfrazado de Aquaman, con la etiqueta prendida en el disfraz que indicaba que era dependiente del hipermercado.

¡Qué bien! ¡Otro de la Liga de la Justicia! –se alegró Federico.
Buenos días, ¿les puedo ayudar en algo? –dijo Aquaman sonriendo.
Sí. ¿Los probadores, por favor? –preguntó Juan Luis.
Ahí mismo, señores –contestó el empleado, señalando a la izquierda una puerta abierta en la pared, sobre la cual había un cartel con la leyenda “PROBADORES”.
Ah, bien. ¿Cuál es el más grande? Tendremos que entrar los dos –señaló Superman.
El más grande es el tercero. ¿Ha dicho que tienen que entrar los… dos?
Eso es. Necesito probar esto y no puedo hacerlo solo –confirmó Federico, mostrando lo que llevaba bajo el brazo.
Peroooo… esto es para probarse ropa –objetó contrariado el dependiente, empezando a preocuparse.
¡No sea usted clasista! –protestó Batman.
Eso. Ahí solamente pone “probadores”, no “probadores para probar ropa exclusivamente” –expuso firmemente Superman.
Bueno, pasen, pasen… –se resignó el empleado, incapaz de argumentar.
¡Acabemos con esto, que Tarzanín me espera! –exclamó triunfal Juan Luis, mientras él y Federico entraban en el lugar.

Poseído por una curiosidad malsana, el dependiente Aquaman entró también en la zona de los probadores, y acercó el oído al que habían ocupado los recién llegados. A través de la cortina, escuchó lo que decían:
Vale, ya estoy de rodillas. ¿Y ahora?
Ahora imagínate que eres el váter de mi casa.
¡Vete a tomar vientos!
Venga hombre, tú coge el artefacto y sostenlo con los dos brazos, en posición horizontal. Eso es. Un poco más arriba, que mi inodoro es más alto… ¡Así! A ver, levanto la tapa… ¡Bien! No chirría. Espera que me sujeto la capa de Superman por delante para que no moleste. Y ahora me bajo los pantalones y me siento.
Oye, oye… ¡Los calzoncillos no, que no quiero verte el…! ¿Serás cabrón?
Habrá que hacerlo bien, ¿no? Me siento. Tú aguanta, ¿eh?
Humillante, esto es humillante.
Pues sí que es cómodo, y se me ajusta bien.
Acaba ya, por favor.
Yo cuando cago tardo más tiempo, ¿eh?
¡Pero ahora no estás cagando!
Me muevo a la derecha, me muevo a la izquierda…
¡Que te levantes te digo!
Vaaale. Ya está. Me levanto y me visto. ¿Contento?
Dios, esto no se te ocurra contárselo a nadie.
El aparato está bien. Creo que me sirve. Aunque igual debería ir a por el otro modelo, para probarlo también.
¿Quééééé? ¡Ni se te ocurra!
Bueno, pósalo en el suelo y déjame que baile un poco encima, a ver qué tal aguanta. No me he traído los zapatos de claqué porque con el disfraz de Superman no pegan, pero…
Esto ya pasa de castaño oscuro. ¿Quieres que te lo rompa en la cabeza? ¡Nos marchamos de aquí YA!
Tío, pero…
¡Pero nada! ¡Venga! Vamos a las cajas.

Al oír eso el empleado se dio la vuelta para largarse, pero no fue lo bastante rápido y escuchó a sus espaldas la voz de Superman:
Oiga, ¿qué hacía usted aquí?
Eeeeeh… ¿Qué tal, señores? ¿Todo bien? –preguntó el dependiente, encarándose con ellos y mostrando una gran sonrisa falsa.
No estaría espiándonos –se alarmó Juan Luis.
Seguro que me estaba mirando el culo –aseveró Federico.
No, no, señores, les aseguro…
No me gusta nada cómo nos mira –opinó Superman.
Tienes razón –asintió Batman– Parece un tío raro. No es normal como nosotros.
Ah, ¿ustedes son normales? –cuestionó el empleado.

Juan Luis y Federico se miraron con aprensión.
Mejor nos vamos –dijo el primero.

Mientras los dos clientes se alejaban, Aquaman se quedó parado en la puerta de los probadores, intentando asimilar lo que había ocurrido. Enseguida apareció por allí Wonder Woman, que se dirigió a él y le interrogó:
¿Te han dado algún problema esos que han salido?
¿Tú sabes lo que han estado haciendo?
Sí que lo sé, sí. Sé a lo que venían.
¿Lo sabes? Pues estuvieron en nuestro probador, el que nosotros usamos para…
¡¿Qué dices?! ¿Han profanado nuestro nidito de amor?
Sí.
¡Oh, es intolerable! Esto es peor que la vez que nos pilló aquel adolescente en plena faena.
No sé, peor que aquello… Recuerda que el chaval fue a decírselo a su madre, que le esperaba fuera, y ella entró hecha una furia y empezó a pegarnos con el bolso.
Como para olvidarlo. Uf, la doña Concha, esos también han tenido problemas con ella.
¿Anda por ahí? Aaaaah, qué repelús, con esa cara que tiene y la mala uva que gasta. Madre mía, cada vez que me la cruzo me echa unas miradas…
A mí también, cariño. Bueno, yo voy a seguirlos, que no me fío de esos dos.
Vale, vale. ¡Qué sujetos!

Entretanto, los dos amigos habían llegado a las cajas, pero allí advirtieron que doña Concha estaba en uno de los terminales, cántandole las cuarenta a la cajera porque había una película porno en un televisor, y afirmando que iba a denunciarlo en los periódicos.

No quiero otro encontronazo. Mejor esperamos a que termine –propuso Juan Luis.
Estoy de acuerdo. A propósito, recuerda que tienes que pagar tú, ¿eh? –advirtió Federico.
Perdona, ¿qué? –se sorprendió Batman.
Que tienes que pagar tú –confirmó Superman, mirándole con expresión inocente.
¿Yo? ¿Por qué?
Hombre, en el disfraz de Batman tienes el cinturón con los artilugios y ahí se pueden llevar cosas. En cambio, el disfraz de Superman no tiene bolsillos ni nada. Así que no he traído la cartera. No pongas esa cara, tío, te lo devuelvo un mes de estos.
¡Esto es el acabose! O sea que me haces perder la mañana, me sacude la señora con el bolso, te quieres acostar con mi mujer, tengo que aguantar que me enseñes el culo, ¿y encima pago yo?
¿Por qué eres tan negativo? Lo de tu mujer lo propusiste tú mismo.
¿Otra vez con el tema?
Es que eso hay que hablarlo.
¡No hay nada que hablar!
Bueno, ¿pagas o no?
¡Ahí te quedas, merluzo! –exclamó Juan Luis “Batman” alzando la mano en un gesto de hartazgo–. Yo me voy con mi Tarzán –añadió mientras ponía distancia entre ambos.
Pero, ¿me vas a dejar así? ¡Pues el disfraz de Tarzán de tu hijo es una birria! –le gritó enfadado su compañero.
¡Pues tu mujer va al burdel con la mía, lo que pasa es que no quiere que tú vayas! –le contestó el otro desde el rincón de “salida sin compra”.
¡No! ¡Eso es mentira! ¡Mentiraaaaaa!

Federico se dio la vuelta mirando en derredor con desesperación. Había unas cuantas personas observándole con variadas expresiones de asombro, entre ellas una a la que identificó:
¡Ah! ¡Wonder Woman! Usted también es de La Liga de la Justicia. Así que podrá ayudarme, ¿verdad?
No sé de qué me habla. Yo voy disfrazada de Margaret Thatcher –contestó ella atribulada, dándose la vuelta y echando a correr.
Pero, ¿a dónde va? –protestó Superman–. ¡Oiga! ¡Oiga! Bueno, es increíble. ¿Y ahora qué hago yo con esto?


FIN

martes, 29 de marzo de 2022

Negros nubarrones...

...siguen formándose. "He sido de izquierdas, y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo", escribió en su día el poeta Jaime Gil de Biedma y algo parecido podría decir yo. Mi forma de pensar no ha cambiado, pero no sé si buena parte de la izquierda actual me consideraría a mí de izquierdas. Aunque eso me da igual. Me preocupa más la dinámica de enfrentamiento entre visiones cerradas y absolutas.




INDEPENDENCIA

Tengo amigos de derechas y tengo amigos de izquierdas.
No exijo carné político a aquellos que tengo cerca
ni considero enemigo a alguien que de mí discrepa,
tan sólo un conciudadano con una opinión diversa.
Puede que no congeniemos, pero eso a mí no me lleva
a desearle la muerte ni a entablar una pelea.
Entre insultos y amenazas, hoy parece que se intenta
agruparnos siempre en torno de posiciones extremas.
Tanta polarización ya me tiene hasta las cejas.
Si ves que estoy a tu lado, un día en una protesta,
te estarás equivocando si por eso consideras
que soy uno de “los vuestros”, eso tenlo muy en cuenta.
Y si en otra situación defiendo lo que no aceptas
tampoco soy de “los otros”, espero que lo comprendas.
Yo prefiero decidir por mí mismo en cada tema
sin hacer caso de dogmas, ortodoxias ni etiquetas.
Aunque demasiadas veces, y es una inquieta sorpresa,
ni con unos ni con otros… ¡no estoy en ninguna acera!,
y encuentro que mis ideas sólo soy yo quien las piensa.
Esa es hoy mi militancia: la tranquila disidencia.
En estos tiempos obtusos no hay nadie que me convenza,
mucho menos los fanáticos y sus siervos de la gleba,
con su infinito catálogo de victimismos y afrentas
y su afán por imponer sus tabúes y sus reglas.
Es mi norma desconfiar de todo aquel que se envuelva,
para hacer acusaciones, en un manto de pureza,
superioridad moral y religiosa certeza.
No soporto la manía que ahora tanto se lleva
de ideologizarlo todo. Incluso acciones pequeñas
de la vida cotidiana son puestas bajo sospecha
y han de pasar por el filtro de esos censores de pega.
Si acaso eres uno de ellos, y te ofende este poema,
puedes insultarme en Twitter o en el sitio que prefieras
y llamar “equidistancia” a lo que es independencia.
No obtendrás de mí atención ni tampoco una respuesta.

domingo, 27 de febrero de 2022

Malditas guerras...

  ¿Qué decir ante esta nueva tragedia? Supongo que lo obvio, algo parecido a lo que diría cualquiera.

Imagen: Biblioteca de la Universidad de Kiev, autor Juanedc




OTRA VEZ

Otra vez la vida pisoteada.
Otra vez edificios sin fachada.
Otra vez los vehículos blindados.
Otra vez columnas de refugiados.
Otra vez cubre el miedo con su velo
frías noches en vela en el subsuelo.
Otra vez se detienen corazones
al acercarse las detonaciones.
Otra vez un sátrapa que se jacta
de que su felonía conste en acta.
Otra vez vocablos altisonantes
en boca de todos los gobernantes.
Otra vez se planta fuego en invierno.
Otra vez miradas llenas de infierno.
Otra vez jóvenes uniformados.
Otra vez cadáveres calcinados.
Otra vez surcan el cielo misiles.
Otra vez las lágrimas infantiles.
Otra vez se repite el argumento.
Otra vez, otra vez muerte en el viento.

Sé que de nada sirven los poemas,
que resultan ridículos mis lemas,
que mi pueril tristeza es un placebo,
aunque piense que digo lo que debo.
Testigo lejano de esta vesania,
hoy sólo tengo flores para Ucrania.

sábado, 12 de febrero de 2022

Entre las sombras...

 Pretendía ser un poema de amor, y eso ha terminado siendo también, aunque hable de otras cosas.


Imagen libre, no requiere atribución.





ALEGORÍA DISIDENTE

Huyo de los icónicos mendigos
que se ofenden constantemente y lloran
lágrimas que destruyen y devoran,
e imponen su moral a sus amigos.
Del luminoso mar de ojos y ombligos
que inventan verdades y las adoran,
océano de bilis donde moran
los autoproclamados enemigos.
Porque entre los conceptos hace frío
y hay muchos muertos bajo las alfombras.
Soy una llama más en el vacío

pero me apago si tú no me nombras.
Y sólo por tu voz, cariño mío,
sigo hablando de amor entre las sombras.