domingo, 1 de enero de 2023

Poema de Año Nuevo 2023

 Fiel a la cita, aquí va el sencillo poema de este año.



POEMA DE AÑO NUEVO

Ya vuelve a ser Año Nuevo
y lo cierto es que esta vez
no tengo grandes deseos.
Me basta con estar bien,
tener grata compañía,
una pequeña armonía
y una sencilla alegría.
Nada más me es menester.
No busco lejanos sueños,
soñar mola mas también
comporta algún que otro riesgo.
Es peligroso creer
en tus propias fantasías
como en un dogma de fe.
En estos confusos días
prefiero tener los pies
bien pegaditos al suelo.
La realidad es cruel.
Mas no por eso me niego
el cotidiano placer
de las dulces melodías,
ni el constante proveer
de abrazos, besos y risas,
tan crucial hoy como ayer,
forjando simples recuerdos
que me ilusione tener.
En cuanto a vosotros, quiero
desearos que estéis bien,
en muy grata compañía,
con la pequeña armonía
y la sencilla alegría.
¡Feliz dos mil veintitrés!


viernes, 13 de mayo de 2022

La Liga de la Justicia...

...ya no es lo que era. O al menos eso podría pensarse leyendo mi nuevo relato cómico, que va de Carnaval, superhéroes y sexo. Sólo que no son los superhéroes de verdad, naturalmente. Todos sabemos que esos no practican sexo.


Imagen: Alex Ross






EL PROBADOR

Mientras caminaban juntos, Batman le preguntó a Superman:
Oye, Federico. ¿Tú estás seguro de que es por aquí?
Hombre, seguro, seguro… –le respondió su amigo, dubitativo.
Como lleguemos tarde al desfile del crío…
Tranquiiiilooo Juan Luis, que acabamos enseguida, hombre.

Siguieron caminando y contemplaron a su derecha cómo una leona cazaba una gacela. Mientras, a su izquierda, una serpiente atrapaba un ratón. Más adelante, a la derecha un barco se bamboleaba azotado por una fuerte tormenta, y a la izquierda pudieron ver a Flash y a Linterna Verde morreándose, desnudándose mutuamente y chillando con alborozo al descubrir que los dos llevaban una liga en la pierna.

El hombre vestido de Superman se detuvo un momento contemplando la escena.
¿Pero qué peli es esta? –preguntó.
¡La conozco! ¡Ja, ja, ja! –se rió su compañero–. Seguro que querían poner “La Liga de la Justicia”, pero se han equivocado y han puesto “Las ligas de la justicia”, que es una parodia porno.

Llegaron al final del pasillo de la sección de Imagen del hipermercado del centro comercial, con su montón de televisores encendidos a ambos lados, y torcieron a la derecha. Allí había cafeteras y otros electrodomésticos pequeños.

¡Caray! Creo que no vamos bien –reconoció Federico “Superman”.
Y ahora lo dices, ¿no? Oye, ¿y si le preguntamos a un dependiente? –propuso Juan Luis “Batman”.
Ya, pero lo difícil va a ser reconocerles. Con esto del Carnaval están todos disfrazados.
Como nosotros, sí. Puede ser cualquiera.
Mmmm… voy a preguntar.

Superman señaló a dos personas que se encontraban en ese mismo pasillo, una a la mitad y la otra hacia el final del mismo, y que curiosamente parecían estar mirándose fijamente la una a la otra con desconfianza.

¿A quién? –quiso saber Batman–. ¿A la chica vestida de Wonder Woman? ¿O al señor disfrazado de Margaret Thatcher?
Hombre, la de Wonder Woman no. No creo que les permitan enseñar tanta carne. Mejor el de la Thatcher.
Sí, pero espera, mejor pregunto yo. Con eso que llevas bajo el brazo igual te mira mal.

Juan Luis se dirigió a la persona indicada (la cual le observó con creciente extrañeza mientras se acercaba), y le dijo:
Buenos días, disculpe usted. Primero, le felicito por el disfraz de Margaret Thatcher. Lo ha clavado. Y ahora quería preguntarle…
Pero, ¿qué está diciendo? No llevo ningún disfraz. ¡Esta es mi ropa normal!
¡Huy, perdone, caballero! Yo creí…
¿Cómo que caballero? ¡Yo soy una mujer!
¿No es un travesti?
¿Travesti yo?
¡Ay, lo siento, lo siento! Ya lo entiendo, es usted una mujer trans.
¿Trans? ¿Yo, trans? ¡Yo soy una mujer natural y biológica, y casada por la Santa Madre Iglesia! –protestó la interpelada, mientras empezaba a atizarle con el bolso en la cabeza.
¡Ay! ¡Ay! Perdón, perdón, es que con ese careto…
¿Y qué careto tengo? ¡Careto el suyo, frescales! ¡Mamarracho! ¡Drag queen!
¡Drag queen no, que voy de Batman! ¡Ay! ¡Ay! ¡No pegue!
¿De barman? Sí, claro. Yo he estado en muchos bares en mi vida y en ninguno he visto a nadie atendiendo así vestido. ¡Tome, tome y tome! ¡Sinvergüenza! ¡Mequetrefe! ¡Cliente de puticlub!

La furiosa dama siguió su camino echando pestes, pero antes de irse definitivamente se dio la vuelta un instante y espetó:
Y ahí llega la otra. ¡País de degenerados!

Por “la otra” se refería a la mujer vestida de Wonder Woman, que se había aproximado tras ser testigo cercano de la violenta escena.
¿Está usted bien? ¡Ay, por favor! ¿Cómo se le ocurre decirle eso a doña Concha? ¡Con el mal genio que tiene! –dijo tras cerciorarse de que la señora se había marchado.
¿Doña Concha? ¡Vaya bruja! Menos mal que el bolso ese no era duro.
Algunas veces lleva un cenicero de mármol, para ponerse a fumar en las terrazas donde está prohibido, pero se ve que hoy no. Ha tenido suerte.
Nos equivocamos, ¿eh? ¡No era un tío! Vaya cómo te ha dado –intervino Federico, que acababa de llegar.
¡¡Y tú vaya bien que ayudas!! Te has quedado ahí parado como un pasmarote.
Hombre, tenía que proteger el artefacto –se justificó Superman, levantando un momento lo que llevaba bajo el brazo: un conjunto de tapa y asiento para un inodoro.

Entonces los dos amigos advirtieron que, en el corpiño de su distraz, la chica lucía una etiqueta prendida con el emblema del hipermercado. Se miraron un segundo, cabecearon y Juan Luis “Batman” le preguntó:
¿Es usted dependiente?
Sí, claro que lo soy –contestó ella, señalando la etiqueta.
Ay… –suspiró Juan Luis–. Nosotros sólo queríamos saber dónde está la sección de ropa, con los probadores.
Es que necesito probar esto –explicó Federico “Superman”, mostrando su “equipaje”.
¿Eso?
Claro. Yo en una colchonería puedo probar un colchón. En una tienda de muebles puedo probar un sillón. Pues si me voy a comprar un asiento para el váter digo yo que también podré probarlo. Es un razonamiento lógico.
¡¿Lógico?! Eeeeeh… pero, ¿qué quiere probar?
Si no chirría, si es cómodo, si se ajusta a mi trasero… ¡Muchas cosas! Y claro, no me voy a bajar los pantalones aquí fuera.
No, no, por supuesto –asintió irónicamente la chica, intentando mantener la compostura.
Bueno, ¿nos dice por dónde es?– inquirió impaciente Juan Luis.
Tienen que seguir ese pasillo hasta el final, luego torcer a la derecha y traaaas… cuatro lineales, creo que son, estarán allí.
¡Vale! Muchas gracias. ¡Vamos, Fede!

Wonder Woman permaneció inmóvil y con expresión de susto, contemplándoles mientras se marchaban. De improviso Batman se dio la vuelta, se acercó a ella y le dijo en voz baja:
Oiga, a mí no me mire. Yo no sabía a lo que veníamos. Y porque con la capucha del disfraz de Batman no se me ve la cara y nadie me reconoce, que si no a buenas horas iba a seguir yo con el gilipollas este. Muy bueno el disfraz, por cierto.


¿Has ido a decirle lo de la peli porno? –quiso saber Federico cuando volvió a su lado.
Sí, eso mismo. Y que le quedaba muy bien el disfraz.
Ya. Con ese tipazo…
Sí. No es como nosotros y nuestras barriguitas, que parecemos una caricatura de los superhéroes.
Eso de barriguita lo dirás por ti. Yo estoy en forma –repuso contrariado Superman, deteniéndose un momento.
Sí, claaaaro. ¡Tira p’alante!
Vooooy. ¡Qué prisas!
Quiero ver a mi niño con el disfraz de Tarzán en el desfile infantil.
Disfraz de Tarzán… El forro de piel falsa de leopardo de un bolso, sujeto con un par de clips. Como se le caiga…
Tiene que ser un disfraz casero, son las normas del concurso. Pero no te preocupes. La foto con los clips te la mandé hace dos días, se lo pusimos así para comprobar que el tamaño era el correcto y se lo cubría todo. Ahora él ya se lo ha cosido y está bien hecho.
¿Quieres decir él mismo?
¡Claro que él mismo! Ni su madre ni yo sabemos coser. Y lo bien que nos viene que se aficionara a “Maestros de la costura” y le pidiera a la abuela que le enseñase. Ahora él nos cose los botones, nos coge los bajos, nos remienda los calcetines y nos ensancha las sisas. Es un fenómeno.
¿Y no os parece que eso es abusar de un niño de nueve años?
Ocho, tiene ocho. ¿Abusar? ¿De qué? ¡Es nuestro hijo! Tú sí que estás abusando.
¡No puedo hacer esto solo!
No puedes hacerlo solo… ¿Me recuerdas otra vez por qué estamos aquí?
Porque rompí sin querer el de casa bailando claqué. Y mi mujer me ha exigido que lleve otro cuanto antes, porque lo de hacer pis y caca sin asiento no le convence nada.
Bailando claqué, por favor… ¡Bailando claqué!
Me estaba imaginando que era Fred Astaire, me subí encima zapateando, di un par de saltos y al tercero… ¡cras!
No recuerdo ninguna película de Fred Astaire en la que bailara encima de un váter.
Quise aportar mi toque personal.
No me lo puedo creer. Espero que por lo menos te pegaras una hostia de las gordas.
Hombre, el trompazo fue de órdago. Pero por suerte el aire intermedio del sombrero de copa amortiguó el golpe en la cabeza. Aunque se quedó chafado.
¿Sombrero de copa?
Sí, como en ese momento estaba solo en casa, me puse cómodo y sólo llevaba puestos los zapatos de claqué, los calcetines, los calzoncillos, la pajarita y el sombrero de copa.
Tampoco recuerdo ninguna película en la que Fred Astaire…
¡Cállate ya! Corcho, no puede uno tener personalidad propia.
Dios, tu esposa tiene razón cuando dice que estás como una cabra.
¿Qué? Pues la señora esa también ha acertado, ¿eh?
¿La del bolso? ¿En qué?
En lo de “cliente de puticlub”.
¡Me cago en…! Ya te he dicho que yo sólo voy ahí porque mi mujer se empeña, porque quiere que aprenda trucos.
Porque eres un calzonazos. Si tu esposa quiere trucos, ¿por qué no va ella a aprenderlos?
¡No, si ella también va! Y más veces que yo. Bah, no sabes lo harto que estoy de azotes, cuero negro, posturas, instrumentos y chorradas. El sexo no tendría que ser tan complicado.
El caso es quejarse. ¡Pero si no sabes la suerte que tienes! Ya me gustaría a mí que a mi mujer le gustase experimentar, como a la tuya.
Pues experimenta tú con mi mujer, si quieres. Yo ya estoy harto.
¿En serio? ¿Qué me estás proponiendo? ¡Acepto lo que sea!
Espera, ¿qué he dicho? ¡No, no, no, no, nooooo! ¡Lo retiro! Era lo que me faltaba. ¡Contigo noooooo!
¿Cómo que conmigo no? ¿Quieres decir que con otro sí? ¿Por qué?
¡Ni contigo ni con nadie! No pensé lo que decía.
Ya, ya… Pero con los del burdel sí.
Esoooos… son profesionales. Y no tengo otro remedio.
Yo también puedo ser muy profesional cuando quiero.
Pues ya podías querer alguna vez en el trabajo. ¡Mira! ¡Ya hemos llegado!

Efectivamente, estaban en la sección textil. Pasearon la vista por encima, identificaron la zona de “Hombre” y caminaron hacia allí. Enseguida fue a atenderles un tipo alto y barbudo disfrazado de Aquaman, con la etiqueta prendida en el disfraz que indicaba que era dependiente del hipermercado.

¡Qué bien! ¡Otro de la Liga de la Justicia! –se alegró Federico.
Buenos días, ¿les puedo ayudar en algo? –dijo Aquaman sonriendo.
Sí. ¿Los probadores, por favor? –preguntó Juan Luis.
Ahí mismo, señores –contestó el empleado, señalando a la izquierda una puerta abierta en la pared, sobre la cual había un cartel con la leyenda “PROBADORES”.
Ah, bien. ¿Cuál es el más grande? Tendremos que entrar los dos –señaló Superman.
El más grande es el tercero. ¿Ha dicho que tienen que entrar los… dos?
Eso es. Necesito probar esto y no puedo hacerlo solo –confirmó Federico, mostrando lo que llevaba bajo el brazo.
Peroooo… esto es para probarse ropa –objetó contrariado el dependiente, empezando a preocuparse.
¡No sea usted clasista! –protestó Batman.
Eso. Ahí solamente pone “probadores”, no “probadores para probar ropa exclusivamente” –expuso firmemente Superman.
Bueno, pasen, pasen… –se resignó el empleado, incapaz de argumentar.
¡Acabemos con esto, que Tarzanín me espera! –exclamó triunfal Juan Luis, mientras él y Federico entraban en el lugar.

Poseído por una curiosidad malsana, el dependiente Aquaman entró también en la zona de los probadores, y acercó el oído al que habían ocupado los recién llegados. A través de la cortina, escuchó lo que decían:
Vale, ya estoy de rodillas. ¿Y ahora?
Ahora imagínate que eres el váter de mi casa.
¡Vete a tomar vientos!
Venga hombre, tú coge el artefacto y sostenlo con los dos brazos, en posición horizontal. Eso es. Un poco más arriba, que mi inodoro es más alto… ¡Así! A ver, levanto la tapa… ¡Bien! No chirría. Espera que me sujeto la capa de Superman por delante para que no moleste. Y ahora me bajo los pantalones y me siento.
Oye, oye… ¡Los calzoncillos no, que no quiero verte el…! ¿Serás cabrón?
Habrá que hacerlo bien, ¿no? Me siento. Tú aguanta, ¿eh?
Humillante, esto es humillante.
Pues sí que es cómodo, y se me ajusta bien.
Acaba ya, por favor.
Yo cuando cago tardo más tiempo, ¿eh?
¡Pero ahora no estás cagando!
Me muevo a la derecha, me muevo a la izquierda…
¡Que te levantes te digo!
Vaaale. Ya está. Me levanto y me visto. ¿Contento?
Dios, esto no se te ocurra contárselo a nadie.
El aparato está bien. Creo que me sirve. Aunque igual debería ir a por el otro modelo, para probarlo también.
¿Quééééé? ¡Ni se te ocurra!
Bueno, pósalo en el suelo y déjame que baile un poco encima, a ver qué tal aguanta. No me he traído los zapatos de claqué porque con el disfraz de Superman no pegan, pero…
Esto ya pasa de castaño oscuro. ¿Quieres que te lo rompa en la cabeza? ¡Nos marchamos de aquí YA!
Tío, pero…
¡Pero nada! ¡Venga! Vamos a las cajas.

Al oír eso el empleado se dio la vuelta para largarse, pero no fue lo bastante rápido y escuchó a sus espaldas la voz de Superman:
Oiga, ¿qué hacía usted aquí?
Eeeeeh… ¿Qué tal, señores? ¿Todo bien? –preguntó el dependiente, encarándose con ellos y mostrando una gran sonrisa falsa.
No estaría espiándonos –se alarmó Juan Luis.
Seguro que me estaba mirando el culo –aseveró Federico.
No, no, señores, les aseguro…
No me gusta nada cómo nos mira –opinó Superman.
Tienes razón –asintió Batman– Parece un tío raro. No es normal como nosotros.
Ah, ¿ustedes son normales? –cuestionó el empleado.

Juan Luis y Federico se miraron con aprensión.
Mejor nos vamos –dijo el primero.

Mientras los dos clientes se alejaban, Aquaman se quedó parado en la puerta de los probadores, intentando asimilar lo que había ocurrido. Enseguida apareció por allí Wonder Woman, que se dirigió a él y le interrogó:
¿Te han dado algún problema esos que han salido?
¿Tú sabes lo que han estado haciendo?
Sí que lo sé, sí. Sé a lo que venían.
¿Lo sabes? Pues estuvieron en nuestro probador, el que nosotros usamos para…
¡¿Qué dices?! ¿Han profanado nuestro nidito de amor?
Sí.
¡Oh, es intolerable! Esto es peor que la vez que nos pilló aquel adolescente en plena faena.
No sé, peor que aquello… Recuerda que el chaval fue a decírselo a su madre, que le esperaba fuera, y ella entró hecha una furia y empezó a pegarnos con el bolso.
Como para olvidarlo. Uf, la doña Concha, esos también han tenido problemas con ella.
¿Anda por ahí? Aaaaah, qué repelús, con esa cara que tiene y la mala uva que gasta. Madre mía, cada vez que me la cruzo me echa unas miradas…
A mí también, cariño. Bueno, yo voy a seguirlos, que no me fío de esos dos.
Vale, vale. ¡Qué sujetos!

Entretanto, los dos amigos habían llegado a las cajas, pero allí advirtieron que doña Concha estaba en uno de los terminales, cántandole las cuarenta a la cajera porque había una película porno en un televisor, y afirmando que iba a denunciarlo en los periódicos.

No quiero otro encontronazo. Mejor esperamos a que termine –propuso Juan Luis.
Estoy de acuerdo. A propósito, recuerda que tienes que pagar tú, ¿eh? –advirtió Federico.
Perdona, ¿qué? –se sorprendió Batman.
Que tienes que pagar tú –confirmó Superman, mirándole con expresión inocente.
¿Yo? ¿Por qué?
Hombre, en el disfraz de Batman tienes el cinturón con los artilugios y ahí se pueden llevar cosas. En cambio, el disfraz de Superman no tiene bolsillos ni nada. Así que no he traído la cartera. No pongas esa cara, tío, te lo devuelvo un mes de estos.
¡Esto es el acabose! O sea que me haces perder la mañana, me sacude la señora con el bolso, te quieres acostar con mi mujer, tengo que aguantar que me enseñes el culo, ¿y encima pago yo?
¿Por qué eres tan negativo? Lo de tu mujer lo propusiste tú mismo.
¿Otra vez con el tema?
Es que eso hay que hablarlo.
¡No hay nada que hablar!
Bueno, ¿pagas o no?
¡Ahí te quedas, merluzo! –exclamó Juan Luis “Batman” alzando la mano en un gesto de hartazgo–. Yo me voy con mi Tarzán –añadió mientras ponía distancia entre ambos.
Pero, ¿me vas a dejar así? ¡Pues el disfraz de Tarzán de tu hijo es una birria! –le gritó enfadado su compañero.
¡Pues tu mujer va al burdel con la mía, lo que pasa es que no quiere que tú vayas! –le contestó el otro desde el rincón de “salida sin compra”.
¡No! ¡Eso es mentira! ¡Mentiraaaaaa!

Federico se dio la vuelta mirando en derredor con desesperación. Había unas cuantas personas observándole con variadas expresiones de asombro, entre ellas una a la que identificó:
¡Ah! ¡Wonder Woman! Usted también es de La Liga de la Justicia. Así que podrá ayudarme, ¿verdad?
No sé de qué me habla. Yo voy disfrazada de Margaret Thatcher –contestó ella atribulada, dándose la vuelta y echando a correr.
Pero, ¿a dónde va? –protestó Superman–. ¡Oiga! ¡Oiga! Bueno, es increíble. ¿Y ahora qué hago yo con esto?


FIN

martes, 29 de marzo de 2022

Negros nubarrones...

...siguen formándose. "He sido de izquierdas, y es muy probable que siga siéndolo, pero hace ya algún tiempo que no ejerzo", escribió en su día el poeta Jaime Gil de Biedma y algo parecido podría decir yo. Mi forma de pensar no ha cambiado, pero no sé si buena parte de la izquierda actual me consideraría a mí de izquierdas. Aunque eso me da igual. Me preocupa más la dinámica de enfrentamiento entre visiones cerradas y absolutas.




INDEPENDENCIA

Tengo amigos de derechas y tengo amigos de izquierdas.
No exijo carné político a aquellos que tengo cerca
ni considero enemigo a alguien que de mí discrepa,
tan sólo un conciudadano con una opinión diversa.
Puede que no congeniemos, pero eso a mí no me lleva
a desearle la muerte ni a entablar una pelea.
Entre insultos y amenazas, hoy parece que se intenta
agruparnos siempre en torno de posiciones extremas.
Tanta polarización ya me tiene hasta las cejas.
Si ves que estoy a tu lado, un día en una protesta,
te estarás equivocando si por eso consideras
que soy uno de “los vuestros”, eso tenlo muy en cuenta.
Y si en otra situación defiendo lo que no aceptas
tampoco soy de “los otros”, espero que lo comprendas.
Yo prefiero decidir por mí mismo en cada tema
sin hacer caso de dogmas, ortodoxias ni etiquetas.
Aunque demasiadas veces, y es una inquieta sorpresa,
ni con unos ni con otros… ¡no estoy en ninguna acera!,
y encuentro que mis ideas sólo soy yo quien las piensa.
Esa es hoy mi militancia: la tranquila disidencia.
En estos tiempos obtusos no hay nadie que me convenza,
mucho menos los fanáticos y sus siervos de la gleba,
con su infinito catálogo de victimismos y afrentas
y su afán por imponer sus tabúes y sus reglas.
Es mi norma desconfiar de todo aquel que se envuelva,
para hacer acusaciones, en un manto de pureza,
superioridad moral y religiosa certeza.
No soporto la manía que ahora tanto se lleva
de ideologizarlo todo. Incluso acciones pequeñas
de la vida cotidiana son puestas bajo sospecha
y han de pasar por el filtro de esos censores de pega.
Si acaso eres uno de ellos, y te ofende este poema,
puedes insultarme en Twitter o en el sitio que prefieras
y llamar “equidistancia” a lo que es independencia.
No obtendrás de mí atención ni tampoco una respuesta.

domingo, 27 de febrero de 2022

Malditas guerras...

  ¿Qué decir ante esta nueva tragedia? Supongo que lo obvio, algo parecido a lo que diría cualquiera.

Imagen: Biblioteca de la Universidad de Kiev, autor Juanedc




OTRA VEZ

Otra vez la vida pisoteada.
Otra vez edificios sin fachada.
Otra vez los vehículos blindados.
Otra vez columnas de refugiados.
Otra vez cubre el miedo con su velo
frías noches en vela en el subsuelo.
Otra vez se detienen corazones
al acercarse las detonaciones.
Otra vez un sátrapa que se jacta
de que su felonía conste en acta.
Otra vez vocablos altisonantes
en boca de todos los gobernantes.
Otra vez se planta fuego en invierno.
Otra vez miradas llenas de infierno.
Otra vez jóvenes uniformados.
Otra vez cadáveres calcinados.
Otra vez surcan el cielo misiles.
Otra vez las lágrimas infantiles.
Otra vez se repite el argumento.
Otra vez, otra vez muerte en el viento.

Sé que de nada sirven los poemas,
que resultan ridículos mis lemas,
que mi pueril tristeza es un placebo,
aunque piense que digo lo que debo.
Testigo lejano de esta vesania,
hoy sólo tengo flores para Ucrania.

sábado, 12 de febrero de 2022

Entre las sombras...

 Pretendía ser un poema de amor, y eso ha terminado siendo también, aunque hable de otras cosas.


Imagen libre, no requiere atribución.





ALEGORÍA DISIDENTE

Huyo de los icónicos mendigos
que se ofenden constantemente y lloran
lágrimas que destruyen y devoran,
e imponen su moral a sus amigos.
Del luminoso mar de ojos y ombligos
que inventan verdades y las adoran,
océano de bilis donde moran
los autoproclamados enemigos.
Porque entre los conceptos hace frío
y hay muchos muertos bajo las alfombras.
Soy una llama más en el vacío

pero me apago si tú no me nombras.
Y sólo por tu voz, cariño mío,
sigo hablando de amor entre las sombras.

sábado, 1 de enero de 2022

Poema de Año Nuevo 2022...

 Últimamente los "años nuevos" están siendo una castaña, así que no creo que extrañe lo que digo en el poema.




FELIZ AÑO VIEJO

Las campanadas sonaron
y las uvas se tragaron.
Escribir mis versos debo,
y como añoro lo añejo,
en este nuevo Año Nuevo
os deseo un año viejo.
A ver si ocurre que hogaño
se parezca un poco a antaño.
Hey, no me mandéis al cuerno,
yo no soy anti-moderno
como no soy anti-ciencia.
No estoy pidiendo inconsciencia
ni huir de la realidad,
sólo más tranquilidad
y volver a estrechar lazos
y dar muchos más abrazos,
para intentar ser felices
pese a nuestras cicatrices.
Tener un tiempo sin cocos
donde no nos vuelvan locos.
Dejar de estar estresados
y vivir más sosegados
sin tabúes ni etiquetas
y sin tantas pataletas.
Tanto estímulo sin cuento
acaba siendo un tormento.
Por eso este uno de Enero
tengo claro lo que quiero
mientras brindo y mientras bebo.
Amigos, mi sueño os dejo:
no deseo un año nuevo,
me basta con uno viejo.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Menuda familia...

 Después de casi un año sin publicar, aquí estoy con un relato que, además de escatológico, contiene sexo, pornografía, exhibicionismo, violencia intrafamiliar y hasta un niño amenazado. Pero no se asusten, porque es un relato cómico con el que espero que se rían un poco en estos días de puente.


Imagen: Francesca Tosolini en Unsplash







DI  ARREA

Primer objetivo: ella. Entornó ligeramente la puerta del dormitorio y se asomó. Perfecto. Su mujer seguía roncando, sumida en su siesta vespertina.

Segundo objetivo: él. Caminó de puntillas hasta su cuarto y se asomó. Perfecto. Su hijo de seis años estaba estaba sentado en el suelo, jugando con sus muñecos y poniendo vocecitas. Bien, estaba entretenido y no molestaría.

Fue andando hasta el salón. Una vez allí, cogió el gran atlas que había en la librería y se sentó en el sofá. Puso el atlas encima de sus rodillas y lo abrió por la mitad, sonriendo. Allí estaba la revista porno que había escondido dos días atrás. El atlas era un buen escondite, nadie lo miraba nunca. A su mujer no le iban los mapas y el niño casi no podía con el enorme libro.

Apartó la revista, cerró el atlas, se levantó y lo colocó en su sitio. Luego recogió la revista y se dirigió al cuarto de baño. Entró, encendió la luz, cerró la puerta y puso el pestillo. Dejó la revista sobre la tapa del inodoro y procedió a desabrocharse el pantalón, bajarse la cremallera y dejar que el pantalón cayera hasta sus tobillos. A continuación se bajó los calzoncillos.

Se irguió y se miró en el espejo que había encima del lavabo. Luego bajó la vista y se quedó un momento contemplando su arrugado y escuchimizado pene.

- Por favor, qué birria… –comentó.

Volvió a mirarse en el espejo. Sonrió y se hizo a sí mismo un gesto de aprobación, levantando los pulgares de ambas manos. “¡Manos a la obra!”, pensó.

Con gesto decidido, cogió la revista y la situó cuidadosamente sobre la lavadora, que tenían justo al lado del lavabo. Se agachó un poco y empezó a acariciarse la parte interior de los muslos. A continuación se masajeó suavemente el perineo y los testículos. Empezó a pasar las páginas de la revista con la mano izquierda, despacio, fijándose en cada foto, mientras con la derecha se agarraba la polla y comenzaba a sacudírsela lentamente al tiempo que, con el mismo ritmo lento, movía el trasero hacia delante y hacia atrás.

- Síííí, esto es otra cosa –se dijo al comprobar cómo el órgano crecía y respondía. Tenía cierta costumbre de emitir sonidos mientras se masturbaba, y tampoco pudo evitarlo esta vez– Oooooh… qué bien. Así, así…

Pero entonces oyó cómo se movía el pomo de la puerta del baño. Alguien intentaba entrar. ¡Menos mal que se había acordado de poner el pestillo! Enseguida escuchó la voz de su hijo:

- Papi, ¿estás ahí?
- Sí Eduardo, estoy aquí. Vete, que estoy ocupado y va para largo. Uuuuuh… aaaaah…
- ¿Estás haciendo caca?
- Síííííí. Tomaaa….
- Papá, tengo que hacer pis.
- Pues te aguantas hasta que acabe. Uuuuyyyy…
- Papá, ¿estás bien? Suenas como… ¿extrañado? ¿estrellado?
- ¿Estreñido?
- ¡Eso! ¿Estás estreñido?
- ¡No! Lárgate, corcho. Uaaaah… Madre, madre…
- ¿Madre? ¿Quieres que llame a mamá?
- ¡¡Noooo!! ¡Ni se te ocurra! Eeeeeh… Chupi, chupi…
- Papá, ¿te pasa algo?
- ¡No me pasa nada! ¡Y te he dicho que te vayas! Hala, qué negraaaa…. –musitó el padre, al pasar otra página y encontrarse con el cuerpo desnudo de una escultural mujer de ébano.
- ¿Negra? ¿Te sale negra? –inquirió el niño, curioso.– A mí a veces me sale muy oscura, pero tanto como negra no. ¿Me la dejas ver cuando termines, antes de tirar de la cadena?
- Pero, ¿tú qué haces ahí todavía? ¡Me voy a enfadar! Oh, esta es un monumento
- ¿Un monumento? Jopé. Papá, ¿tienes….?
- ¿Qué si tengo qué? ¡Ah! ¡Eh! ¡Ih! ¡Oh! ¡Uh!
- ¡Joder! ¿Cómo se dice?
- Edu, te tengo dicho que no uses esa palabra. Puá… puá…
- Lo sieeeento. ¿Y qué palabra digo? Es que se me escapa. ¿Y cómo se dice cuando cagas mucho?
- Diarrea.
- ¡Arrea! Vale, a ver si se me queda. ¿Y cómo se dice cuando cagas mucho? Ah sí, “cagalera”. ¿Papi, tienes cagalera?
- ¡Noooo!
- ¡Pues termina pronto, que ahora también me han dado ganas de hacer caca!
- Lo que faltaba. ¡Pues hazla en un tiesto! Cha-cha-chá…
- Sí, claro. ¿En el tiesto del cactus o en el de la chumbera? ¿Por qué tenéis sólo plantas con pinchos?
- ¡Que me dejes en paz! ¡Hazlo en el aloe vera! Uauuuu….
- El aloe vera está encima de la alacena y no llego. ¡Y también pincha!

Mientras tanto, la madre se había levantado. Escuchó las voces que venían del pasillo de la entrada, se dirigió hacia allí y sorprendió a su hijo saltando frenéticamente y aporreando la puerta del baño.

- ¡Papá, termina ya, porfi, que me lo hago encima!

- ¡Que lo hagas en un tiesto!
- ¡Que no, que me pincho el culo!
- Que me viene, que me viene…
- Que me voy, que me voy…
- Pero, ¿qué narices pasa? ¿Qué gritos son estos? –preguntó la mujer, alarmada.
- Que tengo que cagar y papá no me deja entrar y me dice que haga caca en un tiesto– explicó el niño, apretándose las nalgas con las manos y lagrimeando.
- Sí hombre, me vas a estropear la chumbera con lo guapa que la tengo. ¿Dices que papá está ahí?

Como respuesta, les llegó desde dentro del baño una exclamación triunfal:

- ¡Síííííííí! ¡Yab-ba-dabadúúúú!

- ¿Será posible? –dijo la madre frunciendo el ceño. A continuación, dio tres violentos golpes con la mano abierta en la puerta del baño–. ¡Faustino! ¿Qué guarradas estás haciendo ahí dentro?
- Ostras, se despertó… Bueno, ¿a ti qué te parece que voy a estar haciendo aquí?
- Papá hace caca.
- No, hijo. Papá se la machaca.
- ¿Que se machaca la caca? ¿Para qué? ¿Con un mortero? –preguntó el niño.
- ¡Lorena! ¿Cómo puedes decir eso delante del crío?
- ¿Y tú cómo puedes…hacer lo que estás haciendo?
- Te juro por mi madre que estoy cagando.
- Tu madre… ¡Faustino, que nos conocemos! El “yabadabadú” me lo sé de memoria.
- ¡Papá, sal ya, que me cago!
- Mira Faustino, como salgas de ahí y tengas una revista te vas a acordar, ¿eh? –amenazó Lorena.
- ¿Una revista? ¿Es que no hay papel higiénico? –preguntó Eduardo, sin comprender.

Mientras sucedía esta conversación, el padre se había limpiado a toda prisa sus partes con papel higiénico, que después arrojó al inodoro. También consiguió hábilmente tirarse un pedo silencioso pero muy oloroso, que serviría para afirmar su coartada. Después se vistió y se sacó un clip del bolsillo del pantalón. Cogió la revista, la enrolló y utilizó el clip para sujetarla entre los pliegues de la parte interior de la cortina de la bañera. Desde fuera no se veía, y todavía era pronto para que el niño se bañase. Ya buscaría luego un momento para recuperarla y volver a esconderla. Finalmente tiró de la cadena, y abrió la puerta del baño.

En cuanto vio el paso libre, Eduardo entró como un rayo, se bajó los pantalones y los calzoncillos y se sentó en la taza. De inmediato empezaron a oírse los “chof”, “chof”, “chof” en el agua del váter..

- ¡Aaaaaaah! ¡Arrea, qué alivio! –exclamó el pequeño–. A mí no me volváis a hacer esto, ¿eh? ¡Que casi exploto! ¡Y no, yo en un tiesto no lo hago!

- Qué barbaridad, hijo. ¿Qué has comido hoy? –le preguntó su padre.
- La fabada que hiciste…
- Ah claro, la de Litoral. Hay que reconocer que me sale estupenda.

La madre también entró en el baño y empezó a pasear la mirada por la estancia.

- Busca, busca… –le espetó Faustino, desafiante–. ¿Ves como no hay nada?

- Mmmffff. Yo no veo ningún mortero –confirmó Eduardo, en pleno esfuerzo.

Desconfiada, Lorena siguió buscando. Incluso se inclinó y miró detrás de la lavadora. Faustino se inquietó al ver que se asomaba a la bañera un momento, pero respiró al ver que se daba la vuelta negando con la cabeza. Al no encontrar nada, Lorena se volvió hacia su marido y empezó a palparle el cuerpo.

- No me lo puedo creer. ¿En serio me estás cacheando? –repuso él.

- ¿Y el “yabadabadú”?
- El “yabadabadú” sirve para muchos usos. Yo tenía una cosa ahí enquistada que no conseguía echar, y cuando al fin lo logré…
- Bueno, vale. Vamos a dejarlo –dijo ella dándose la vuelta.
- Sí, claro, lo dejamos, pero mira lo que llegaste a decir.
- De acuerdo. No tenía que haberlo dicho.
- ¡Que a ti te gusta mucho acusar!
- Vaaale. Déjalo ya.
- ¡Acusadora!
- ¿Queréis salir los dos? ¡Que estoy cagando! –protestó el niño.

Sus padres le hicieron caso y salieron. Él se dirigió hacia el salón, pero ella se quedó un momento pensativa junto a la puerta del baño. Y de repente anunció:

- Oye Eduardo, ¿sabes qué te digo? Que ya que estás así, cuando termines te lo quitas todo y te metes en la bañera, así te bañas ya.

Al escuchar esas palabras, Faustino se detuvo, se llevó las manos a la cabeza y dio media vuelta corriendo.

- Pero mujer, ¿qué dices? ¿Cómo se va a bañar ahora? Deja al niño tranquilo.

- Mamá, si es pronto –se quejó Eduardo desde dentro.
- ¡Claro que es pronto! –confirmó su padre–. Y para los niños es importante mantener una rutina.
- ¡Bueno, esto es…! –se sorprendió la madre–. Otros días me dices que baño al niño muy tarde, y hoy…
- Mira, con tanto lío lo mejor es que el crío hoy no se bañe. Y ya está. Tampoco pasa nada por un día.
- ¡Qué guay! ¡Gracias, papi! –gritó contento Eduardo, mientras cogía papel higiénico y empezaba a limpiarse.
- ¿Que no lo bañe? ¿Y la rutina esa? Faustino, a veces no hay quien te entienda. Pues claro que lo voy a bañar.
- ¡Que no!
- ¡Que sí!
- ¡No, no, papi, mami, por favor, no os peleéis por mí! –dijo lastimosamente el niño mientras tiraba de la cadena–. ¿Veis? Yo ya terminé. Ahora me quito la ropa y me bañas, mami.

Lorena entró en el baño y empezó a arremangarse. Eduardo se desnudó a toda prisa y se metió en la bañera. Entonces se escuchó un pequeño ruido, seguido por una exclamación de sorpresa.

- ¡Arrea! ¿Qué es esto?

- ¡Ay, Dios! Los zapatos, los zapatos… –oyeron decir a Faustino.

La madre se asomó fuera extrañada pero su marido ya no estaba allí, así que volvió a meter la cabeza en el baño. El pequeño Eduardo, desnudo en la bañera y con expresión de asombrado regocijo, estaba pasando a toda velocidad las páginas de una publicación que sostenía en sus manos, mientras no paraba de soltar interjecciones.

- ¡Arrea! ¡Jopé! ¡Hala! ¡Anda! ¡Jolines!

- Hijo, ¿qué es eso?
- ¡Mira, mami! ¡Bailarinas! –contestó el niño, tendiéndole la revista.

Lorena la cogió y le rechinaron los dientes al ver lo que era.

- ¿Quééééé?

- Mira qué poses hacen. ¿Por qué están desnudas? ¿Porque están ensayando?
- ¡¿Dónde estaba esto?! –preguntó furiosa la madre, sin hacer caso a su hijo.
- No sé. Al mover la cortina de la bañera se cayó dentro.
- Joder…
- Mamá, eso no se dice. Di “arrea”. Me lo ha enseñado papá.
- Sí, diarrea. Diarrea de tortas la que le va a caer como se atreva a venir esta noche a la cama.

La mujer estrujó la revista con la mano, se dio la vuelta de un salto y se propulsó fuera del baño, gritando:

- ¡FAUSTINO! Conque me gusta mucho acusar, ¿eh? ¡Conque me gusta mucho!

Eduardo salió de la bañera y se asomó por la puerta del baño, a tiempo de ver a su padre (con los zapatos puestos) abriendo la puerta del piso, la que daba al rellano de la escalera. Pero la madre le alcanzó y le sujeto del brazo:

- ¡¡¿A dónde vas tu ahora?!!

- ¿Quién, yooooo? Eeee… voy a comprar tabaco.
- Que vas a… ¡¡Dejaste de fumar hace tres años!!
- Bueno, pu… pues ahora vuelvo a empezar.
- No me torees, ¿eh? ¡¡No me torees!! Entra en la cocina, que tengo que hablar contigo.
- Pero mujer, no te enfades.
- ¡ENTRA EN LA COCINA!

Lorena cerró la puerta del piso y los dos entraron en la cocina, cerrando también la puerta de la misma. Eduardo salió del baño y se quedó parado un momento, asustado por los gritos que empezaron a oírse.

- Jo, ya están discutiendo. ¿Será por mí? Me parece que hoy al final no me baño… –dijo tristemente. Y al momento de decir eso, se le dibujó en el rostro una sonrisa de oreja a oreja y exclamó:– ¡No me baño! ¡Genial!

Caminó hasta el salón, entró y encendió la luz. Cerró la puerta. Sí, así no se oían los gritos. Por curiosidad se acercó hasta el fondo, descorrió la cortina y miró hacia la calle a través del gran ventanal, que ocupaba casi todo el alto de la pared. Entonces alzó la vista y vio a su compañera de clase Lucía, que vivía justo enfrente, mirarle por la ventana de su casa con los ojos como platos. Eduardo se dio cuenta de que, claro, todavía estaba desnudo y Lucía se lo estaba viendo todo. Ya era tarde para hacer el gesto ridículo de taparse con las manos, así que dedidió convertir la situación en algo divertido. Levantó la cabeza sonriendo, saludó a su compi con la mano y se puso a bailar delante del ventanal, imitando las poses que había visto en la revista, mientras decía:

- ¡Arrea! ¡No me baño! ¡Arrea! ¡No me baño!

Su alegría exhibicionista se vio interrumpida bruscamente por una voz a sus espaldas:
- Pero, ¿qué haces ahí? ¿Cómo que no te bañas? ¡Andando a la bañera ahora mismo!

Eduardo se dio la vuelta y vio a su madre caminar hacia él con cara de enfado. Estaba descalza del pie izquierdo y llevaba la zapatillla correspondiente en la mano derecha.

- Va, mamá, ya me bañaré mañana –dijo el pequeño, poniendo ojitos tiernos.

- No me calientes, ¿eh? Mira, acabo de zurrar a tu padre en el culo con la zapatilla, ¡y no tengo problema en empezar contigo! –le amenazó ella, agitando con la mano el temible artefacto.
- ¡Arrea! ¡Vale! ¡Vale! ¡Ya voy! –exclamó asustado el niño, yendo hacia su madre.

Lorena se calzó y juntos salieron del salón, mientras el pequeño preguntaba tembloroso:

- ¿De verdad le has dado a papá en el culo?
- Ahí lo tienes –contestó ella, señalando.

En efecto, Eduardo pudo ver a su padre en una esquina del pasillo, de cara a la pared. Se mordía el labio inferior con gesto dolorido y se masajeaba con las manos la culera del pantalón.

- Papá, ¿qué haces ahí? –preguntó el niño, asombrado.

- Estoy castigado… –contestó Faustino, dándose la vuelta con ojos lastimosos.
- ¡Te he dicho que de cara a la pared! –le gritó Lorena, que a continuación se encaró con su hijo.
- Y ahora vamos a ver, ¿tú qué hacías desnudo delante de la ventana?
- Estaba bailando para hacer reír a Lucía, mi compi, la que vive justo enfrente.
- ¡A Lucía no, por favor! Ay, con lo escandalosa que es su madre. ¿Y te ha visto así?
- Sí, ¿qué pasa? Cuando el mes pasado se quedó un día a dormir, nos bañaste a los dos juntos.
- Ya lo sé, ya lo sé, y no veas cómo se puso su madre. Si llego a saber que era así…Hijo, no es lo mismo estar desnudo en la bañera que delante de la ventana del salón.
- ¿Por qué? No lo entiendo. El chirimbolo es el mismo y el culete también.

Lorena iba a decir algo, pero justo en ese momento sonó la melodía de su móvil. Sacó el aparato del bolsillo lateral de su rebeca y supiró al ver la pantalla.
- Ay no, por favor, quién es.
- ¿Quién? –preguntó el niño.
- La mamá de Lucía. –le contestó su madre, antes de responder a la llamada.– Hola, Merche… Sí, qué ocurre… ¿Y qué mas da que estuviera desnudo? Se iba a bañar y se asomó un momento a la ventana… ¿Cómo que poses provocativas? Bueno, sí, bailó un poco, siempre está jugando… ¿Pero qué trauma va a coger la niña? ¡Que son críos, Merche, que no pasa nada!... Oye, eso no te lo consiento. Yo no soy ninguna corruptora de menores… ¿Qué dices? ¿Qué acoso ni qué…? Y ahora me cuelga la muy gilipollas. ¿Será borde?
- Mami, ¿estás bien? –preguntó inquieto Eduardo, al ver a su madre respirando agitada.
- Sí, hijo. Es esta mujer, que me saca de quicio. Ya está como la otra vez. Mira cariño, ¿sabes qué te digo? Que hoy no te bañas. Ale, ya está. Estoy muy enfadada, la tía esta me ha puesto todavía de peor humor, y no quiero hacerte daño. Pero tienes que portarte bien, ¿eh?
- ¡Sí! ¡Qué guay! ¡Gracias, mami! –chilló el niño, dando saltos.
- Qué jodía. Y al final no lo baña. Menuda familia –comentó Faustino desde su esquina.
- Tú… ¡A que te doy otra vez! Yo sí que podría decir eso de “menuda familia”.
- Y yo también. ¡Menuda familia! –añadió Eduardo.
- ¿Cómo que tú también? ¿Quieres ir a la bañera, hijo?
- ¡No, mami, no!
- Pues te callas, y vístete de una vez. Ya está bien de andar desnudo, que no sé lo que pareces.
- ¿Una bailarina? –dijo el niño haciendo una graciosa pose. Luego se irguió, miró a su madre y exclamó:– ¡Es verdad, la revista de antes! ¿Me la dejas otra vez?
- ¡A LA BAÑERA!


FIN 

viernes, 1 de enero de 2021

Adiós al 2020

Escrito ayer y publicado originalmente en Facebook poco después de las campanadas, lo comparto por aquí. Se acabó el maldito año.



POEMA DE AÑO NUEVO 2021


Un año de horror termina.
Un año de miedo empieza.
Pero el miedo no fulmina
la esperanza en mi cabeza.

No puedo en este momento
decir "Feliz Año Nuevo".
Porque si lo digo, miento.
No me sale, no me atrevo.

No hay felicidad alguna
y no me siento aliviado.
Tenemos una vacuna
pero esto no ha terminado.

Demasiado sufrimiento
y demasiadas mentiras.
En todo el confinamiento
muy poca altitud de miras.

Y ese estúpido pudor
que nos tiene anestesiados.
No hay que mostrar el dolor.
Tenemos que estar calmados.

Sólo cifras, nada más.
Sólo números los muertos.
Y es imposible además
saber qué datos son ciertos.

Mas no os quiero aleccionar
con mis historias macabras.
Sólo quiero recordar
los adioses sin palabras,

las lágrimas escondidas,
los esfuerzos silenciosos,
las artes interrumpidas
y a los parados forzosos.

Que tengáis salud y amor,
y sobre todo conciencia.
Para vencer al terror
nos hará falta paciencia.

No dejéis de desconfiar,
de vigilar y ser críticos,
sin que os empujen a odiar
nuestros temibles políticos.

Y cuando vuelva a abrazar
a amigos sin mascarillas,
y otra vez pueda besar
a niños en las mejillas,

vamos a recuperar
alegrías y derroches.
¡¡Sé que el día va a llegar!!
Hasta entonces, buenas noches.

sábado, 15 de agosto de 2020

Sonrisas desde el confinamiento...

 Aquí presento un relato que escribí en el plazo de un mes, durante el confinamiento. Siempre me quejo de no tener tiempo para escribir, pero esos días lo tenía y no conseguía hacerlo. Había algunas ideas latentes en mi cabeza, pero eran de corte crítico y negativo, y con las constantes malas noticias no me apetecía cargarme de más negatividad. Así que recurrí a la magia de la infancia. Unos amigos míos (Sandra y Quique) tienen dos hijos: un niño llamado Mateo y una niña llamada Iria. Le mandé un mensaje a Sandra y le propuse que cada uno de los niños escogiera cinco palabras o conceptos. El reto consistía en escribir un relato que contuviera esas diez propuestas. Este fue el resultado, que como he dicho me llevó un mes. Los niños se rieron mucho leyéndolo, así que espero que ustedes también se rían un poco.


Imagen: procede de la película "Legend" (1985), dirigida por Ridley Scott.





CITA EN EL JARDÍN BOTÁNICO

IRIA:
codo, unicornio, gimnasta, helado de chocolate, “siempre positivo”
MATEO:
un personaje chistoso, perdidos en la selva, detective, perro, emoji (emoticono)  

Eran poco más de las diez de la mañana de un nublado día al comienzo de la primavera. El frío del invierno se había ido, pero no del todo, y la gente seguía luciendo prendas de abrigo. Ese ligero frío hacía que resultase extraño entrar en el Jardín Botánico de Gijón y encontrarse con un hombre delgado que llevaba en la mano un gran helado de chocolate, de esos de cucurucho, al que le iba dando pequeñas lametadas, como para asegurarse de que le durara. No parecía interesado en visitar el lugar. Estaba plantado a la salida del edificio de recepción y a cada persona que aparecía le hacía un curioso gesto de saludo, enarcando las cejas y levantando la mano con el helado para que se viese claramente. El vigilante de seguridad no le perdía ojo y se preguntaba qué rayos quería aquel tipo. La gente le miraba y pasaba de largo. Claro que el Jardín acababa de abrir sus puertas y era un día laborable, así que no había muchos visitantes.

Al cabo de un buen rato, el hombre parecía preocupado. Ya casi se había acabado el helado, y empezó a refunfuñar y a hablar para sí mismo:
- Nada, que no viene. ¡Qué poca seriedad!  

Pero justo en ese momento un hombre corpulento que ya había entrado en el Jardín hacía tiempo apareció de nuevo, dirigiéndose hacia la recepción, seguido a cierta distancia por un perro, un mastín de buen tamaño. Iba con cara de pocos amigos y musitando:
- ¡Menudo plantón! ¿Dónde estará ese tipo? Creo que en la recepción también hay unos baños. Miraré a ver si está ahí y si no, pues ya no le espero más.  

Al escuchar eso, el hombre apostado junto al edificio se sorprendió y gritó:
- ¡Oiga!
- ¿Es a mí? –repuso el interpelado.
- Sí, perdone, ¿es usted el detective Mateo Mallo?
- Pues sí que lo soy –dijo el aludido, acercándose–. ¿Usted es el que me ha citado aquí?
- ¡Sí, claro que soy yo! –contestó el otro–. ¿Por qué ha pasado de largo antes, al entrar? ¿No ha visto lo que tenía en la mano? –Levantó un momento el helado, ahora reducido al final del cucurucho. Luego se metió ese último trozo en la boca y, mientras se lo comía, miró al detective con cara de incomprensión, flexionando los brazos y extendiendo hacia fuera las palmas de las manos.  

El detective volvió a poner mala cara, se metió una mano en el bolsillo de la gabardina y sacó un teléfono móvil. Empezó a toquetear en la pantalla mientras decía:
- Pero vamos a ver, usted me citó aquí en el Jardín Botánico a las diez de la mañana. Yo le envié un mensaje preguntándole “¿cómo le reconoceré?”. Y por toda respuesta, me mandó usted este emoji…  

Extendió la mano con el móvil en dirección a su interlocutor. En la pantalla se podía ver lo siguiente: 


   - ¡Efectivamente! –contestó el otro–. Ese dibujo representa un helado de chocolate. Por eso estaba aquí comiéndome uno, para que usted me reconociera.  

   El detective se dio una palmada en la frente, con expresión de incredulidad. Luego volvió a alzar la pantalla del móvil y le espetó:
   - ¿Helado de chocolate? ¿Cómo que un helado de chocolate? ¡¡Este es el emoticono de la caca!! ¡Todo el mundo lo sabe! Maldita sea, llevo media hora esperándole delante de los baños…
   - ¿Delante de los baños? –repitió el otro.
   - ¡Sí! ¿Qué quería que interpretara? Menudo ridículo. Antes fue a entrar un tipo al baño y yo, como ya no sabía qué hacer, le he preguntado: “¿es usted el de la caca?”. Y me ha contestado: “¿a usted qué le importa lo que voy a hacer ahí dentro?”. Luego, cuando ha salido, al ver que todavía seguía allí, se ha marchado corriendo. ¡A saber lo que habrá pensado de mí!
   - ¿Así que eso es una caca? No sé yo… A mí me parece que es un helado de chocolate. La caca que ríe… ¡No tiene sentido!
   - Y yo qué sé. Será para hacer un chiste con los quesitos “La vaca que ríe”. ¿A mí qué me cuenta?
   - Qué gracioso… –dijo refunfuñando el hombre que había estado comiéndose el helado–. De acuerdo, de acuerdo. Ha sido un malentendido. Dejémoslo correr. ¿Hablamos en la cafetería?  

   Cruzaron el pequeño puente sobre el arroyo Peña Francia y empezaron a caminar junto a la zona de los Frutales del Nuevo Mundo, en dirección a la cafetería. El perro se había mantenido al margen durante su pequeña discusión, pero ahora les seguía.  

   - Es verdad que la vida está llena de malentendidos –comentó Mateo Mallo mientras caminaban–. A mí me pasa mucho. Recuerdo que cuando era niño, en el colegio, una vez la profesora de lengua me pidió que le dijera “dos palabras con tilde”. Yo le contesté: “los nombres de mis primas, Clotilde y Matilde”. Y la “profe” me gritó: “¿te estás quedando conmigo?”. Yo le insistí: “pero profe, es verdad que son mis primas, no me tilde usted de mentiroso”. ¡Y me castigó y todo! Pero a día de hoy, yo sigo pensando que en realidad contesté bien la pregunta.
   - Es usted muy chistoso. No me gustan los chistosos.
   - ¿Le parezco chistoso? Verá, en mi trabajo de detective me toca ver muchas cosas feas, y utilizo el humor para mantener el buen ánimo. Como decía mi madre, hay que intentar ser “siempre positivo”.  

   El perro ladró a sus espaldas. 
 
   - ¿Ese perro es suyo? –dijo el hombre del helado mientras abría la puerta de la cafetería.
   - No, no es mío –contestó Mateo.
   - ¿Está usted seguro? Me parece recordar que ha entrado con usted.
   - Le digo que no es mío.
   - Mejor. No me gustan los perros.
   - Vale. No le gustan muchas cosas, me parece.  

   Entraron en la cafetería y se dirigieron a la barra. El perro no había hecho ademán de seguirles. Pidieron un café cada uno, y fueron a sentarse en el exterior, en la pequeña terraza. El hombre del helado miró al perro, que se había acercado, pero sin entrar en el recinto de la cafetería. Se había sentado sobre sus patas traseras. Les miró, bostezó y se recostó.  

   - Parece muy tranquilo… Bueno, empecemos. Como imaginará, le he citado porque quiero contratarle. Pero antes le tengo que contar una historia. Comenzaré por presentarme. Aquí tiene mi tarjeta.  

   Mateo cogió la tarjeta que le tendía y leyó: “Don Pablo Santiago Sánchez Iglesias. SALFUMÁN. Presidente”. La miró con curiosidad y comentó:
   - Salfumán, jejeje. Ya sé que es un ácido muy corrosivo, pero yo siempre he pensado que tiene algo así como nombre de superhéroe. ¿No se lo imagina? ¡Tararí tatí tatííííí! ¡Salfumán al rescate! Jajajaja….  ¿Por qué pone esa cara? Ah sí, es verdad. No le gustan los chistosos.
   - Por favor, no haga bromas. Este es un asunto serio. SALFUMÁN son las siglas de la Sociedad Astur-Leonesa del Fervor por los Unicornios y la Magia Ancestral.  

   El detective abrió unos ojos como platos, se aguantó la risa y contestó:
   - Vale.
   - Pues sí –continuó Don Pablo–. Además, somos miembros de la Liga Europea de Jorguinería, Invocaciones y Alquimia.
   - O sea, la LEJÍA.
   - Efectivamente. Veo que la conoce.  

   Mateo se sujetó a la mesa. Le iba a ser difícil aguantar más. Dijo lo primero que le vino a la mente:
   - Ya tenemos SALFUMÁN y LEJÍA. ¿Qué es lo siguiente? ¿AMONIACO?
   - ¡Oh, pero no me diga que conoce usted también la Agrupación Mundial de Organizaciones de Nigromancia Antigua y Conocimientos Oscuros! –manifestó Don Pablo, sorprendido.
   - No, no la conozco –respondió el detective. Y se echó a reír a carcajadas. El otro le miraba con expresión rabiosa.
   - ¡No se ría! ¡Esto es muy serio! ¡Esta no es manera de tratar a un cliente!
   - Bueeeno, de acueeeerdo. Usted perdone, pero oír esto a estas horas de la mañana resulta un poco…
   - Llevo toda mi vida aguantando a los incrédulos. Ya no aguanto más risitas.
   - Está bien, está bien. Así que magia ancestral. Oiga, ¿y se gana dinero con esto?
   - No, no se gana dinero. Es mi pasión. Yo trabajo en otra cosa. Soy representante comercial de una empresa fabricante de productos químicos. 
   - ¡Jajajajajaja! –rió nuevamente Mateo–. ¡Claro! Oiga, ¿y fabrican salfumán?
   - ¡Brrrrr! Sí, fabricamos salfumán. Y también lejía. Y amoniaco, si quiere saberlo. Y como se siga riendo le hago tragar las muestras que tengo ahí fuera en el coche.
   - Está bien, está bien –dijo Mateo recuperando de nuevo la compostura–. Bueno, ¿y qué es lo que quiere? ¿Que busque a un vampiro?
   - No, los vampiros creemos que se han extinguido.
   - Buf, menos mal, qué alivio. Mi cuello está a salvo. ¿Y los hombres lobo?
   - ¡¡Basta ya de bromas!! – gritó exasperado Don Pablo.  

   Se hizo el silencio. Los dos se miraron. El detective agachó la cabeza, levantó las manos en un gesto pacífico y comentó:
   - Como decía mi madre: “siempre positivo”. Continúe usted. 

   El perro volvió a ladrar.  

   - A mí no me engaña. ¡Ese perro es suyo! –afirmó Don Pablo.
   - Que no, hombre, que no. Le aseguro que no es mío.
   - ¿Y por qué nos ha seguido?
   - ¿Qué mas da? Continúe, por favor.  

   El representante comercial de químicos asintió, respiró hondo, y retomó su relato:
   - El año pasado, en octubre, yo y dos compañeros de mi Sociedad hicimos una expedición a la gran selva del Congo, para buscar unicornios.
   - Madre mía, ¿me lo está diciendo en serio? ¿Estuvo usted en la jungla?
   - No es la primera vez. Ya he estado otras veces. La selva del Congo es interesante porque sigue siendo un lugar salvaje, con zonas aún inexploradas. Además es allí donde viven los okapis, que no son animales mágicos pero creemos que están emparentados con los unicornios.
   - Creía que lo estaban con las jirafas.
   - ¡Bah! Eso es lo que dicen los científicos. ¿Qué sabrán ellos? –dijo con desdén Don Pablo.– Pues bien, mientras estábamos allí nos encontramos por casualidad con otra expedición. Para ellos fue un alivio, porque estaban perdidos en la selva.
   - ¡Vaya!
   - El jefe de esa expedición es un empresario de por aqui, que entre otras cosas tiene negocios en Guinea Ecuatorial. Recordará que fue colonia española.
   - Sí.
   - Ese hombre tiene una hija, una niña de once años llamada Iria Flavia. Unas semanas antes, al final del verano, la niña iba en un avión privado para visitar a su padre en Guinea, pero debido a algún problema el avión se desvió de su ruta y acabó estrellándose. Ah, pero la niña tenía un móvil con GPS. Debió de saltar en paracaidas, sola o con alguien más. En cualquier caso, durante unas horas el GPS indicaba que el móvil de la niña se encontraba activo, a muchos kilómetros de distancia de donde se había estrellado la avioneta. Después ya no, se le debió agotar la batería. ¿Me sigue?
   - Le sigo –dijo el detective, interesado.
   - El padre organizó una expedición para buscar a la niña, a pesar de que las autoridades le decían que había poquísimas probabilidades de encontrarla con vida. Contrató a unos tipos que tampoco eran muy expertos. Y se perdieron.
   - Menuda historia. No se pare, prosiga. 
   - Cuando nos los tropezamos –continuó Don Pablo–, estaban muy desesperados. Mis compañeros y yo decidimos ayudarles. Estudiamos los planos y descubrimos que, en realidad, no se habían desviado demasiado. Conseguimos guiarles a la zona aproximada donde el GPS había detectado por última vez el móvil de la niña. Pero no encontramos nada, claro.
   - Demasiado complicado.
   - Sí. Tras un par de días de búsqueda, y a pesar de las protestas del padre, decidimos que había que dar la vuelta. Nosotros tampoco habíamos visto unicornios. Habíamos visto okapis, elefantes y gorilas de montaña. Pero unicornios, cero. Estábamos fritos por los mosquitos, habíamos tenido problemas con las hormigas rojas, y a mí me había atacado una mamba negra. Menos mal que mi compañero Eduardo estuvo rápido con el machete, porque si no me muerde. Y de repente al día siguiente, cuando estábamos levantando el campamento, apareció la niña por allí, sonriendo y tan campante.
   - Espere, espere… Esto salió en los periódicos, ¿verdad? Creo que lo recuerdo.
   - ¡Sí, claro que salió en los periódicos! Dijeron que era un milagro. Pero deje que le cuente…
   - Enseguida, pero discúlpeme usted. Si usted ayudó a ese padre a encontrar a su hija y a volver sanos y salvos a la civilización, se merece todos mis respetos. Le pido disculpas por todas mis bromas y risas de antes. Como decía mi madre: “siempre positivo”.  

   El perro se levantó un momento, alzó las orejas y ladró. Luego, se volvió a recostar.  

   - Se lo agradezco. Y ahora… –empezó a decir Don Pablo. Pero miró al perro, y volvió a insistir: - Oiga, ese perro es suyo. Dígamelo, que no pasa nada..
   - Y dale. ¡Que no es mío! Yo no tengo perro –afirmó Mateo.  

   Tras echarle otra mirada desconfiada al perro, el representante comercial de químicos prosiguió con su relato:
   - Bueno, pues verá… ahora viene lo misterioso. En un primer momento no me fijé. Estábamos todos muy emocionados con el reencuentro de la pequeña con su padre. Pero lo de aquella niña no era normal. Nosotros llevábamos dos semanas en la selva, y estábamos todos sucios, sudorosos, magullados, con la ropa estropeada y llenos de picaduras de mosquitos, a pesar del repelente. La niña se supone que llevaba allí un mes, y estaba fresca y lozana como una rosa. Aparte de una cicatriz bastante fea en un brazo, no tenía rasguños ni rozaduras ni picaduras ni nada. Y no olía a sudor. Parecía que se hubiera duchado esa misma mañana. Y su ropa estaba impecable, como si se la acabara de poner, recién lavada y planchada.
   - Quizás había estado con alguien. Una tribu nativa –opinó el detective.
   - ¡También lo pensé! Pero, ¿por qué no decirlo? ¿Y por qué no la habían acompañado y había aparecido sola? No daba explicaciones creíbles de dónde había estado. Sólo decía que había estado “escondida, comiendo lo que podía”. Y ya está.
   - Mmmm… Un poco misterioso sí que es –admitió Mateo.
   - Y luego está lo otro. Durante todo el camino de vuelta… ¡los mosquitos nos dejaron en paz! Dejamos de sufrirlos. Y también las hormigas rojas. ¡Como por arte de magia! Y ningún animal salvaje vino a molestarnos. Parecía que estuviéramos en un parque, en vez de en una jungla salvaje. 
   - Vaya. ¿Y cuál es su conclusión?
   - Yo lo tengo claro. Esa niña estuvo con los unicornios. Y le dieron algo, tal vez un objeto mágico. Verá, no se separaba de su mochila. Y nunca la vi abrirla en presencia de nadie.
   - Bueno, bueno… Esto ya me parece un poco aventurado.
   - Además, me evitaba. Se pasaba todo el tiempo con su padre.
   - Pero eso es normal…
   - Nos dio las gracias a mí y a mis compañeros casi a regañadientes. Y siempre se apartaba de mí y me miraba con algo de miedo. ¿Por qué, si les estaba ayudando? Intenté hablar con ella, pero me rehuía.
   - Esa niña había sufrido una experiencia traumática, hombre.
   - Pues no parecía nada traumatizada. Cuando volvimos a España, yo cogí una excedencia temporal en el trabajo y me dediqué a espiar a la niña.
   - ¡Espiar a la niña! Pero, por favor… –repuso el detective, asombrado.
   - Sí, pero ya no puedo hacerlo.
   - Ay, madre… ¿Por qué? ¿Qué hizo usted? –preguntó Mateo, preocupado.
   - Sucedió el otro día. Resulta que Iria Flavia es gimnasta, practica gimnasia artística. Ese día estaba entrenando en el pabellón de deportes con sus compañeras de equipo. Yo estaba vigilando, escondido detrás de un plinton.
   - Pero, ¿qué me está contando? ¿Que espiaba a las niñas mientras hacían gimnasia?
   - Iria Flavia estaba praticando en la barra de equilibrios. No calculó bien un movimiento, se cayó y al caer se golpeó en el codo con la barra, cerca de donde tiene la cicatriz. Hizo gestos de que le dolía, y la monitora la atendió enseguida con el botiquín.
   - ¡Ay, pobre! ¿Y era para mucho? –preguntó el detective.
   - No debía ser nada grave –continuó contando Don Pablo–, sólo le puso una pomada y nada de vendas. Le pidió que esperara un poco hasta que se le pasara el dolor y después la mandó a los vestuarios, diciéndole algo así como “por hoy es mejor que lo dejes”. Así que la niña se separó del grupo y fue a los vestuarios Yo la seguí con la mirada desde mi escondite. Luego esperé un rato hasta comprobar que nadie miraba en mi dirección y, sigilosamente, me metí en los vestuarios detrás de ella.
   - Pero, ¿qué me está contando?¿Que la siguió a los vestuarios? ¿Está usted loco? – dijo Mateo horrorizado, llevándose las manos a la cabeza.
   - ¡Necesitaba hablarle! –exclamó Don Pablo.– Y no había tenido la oportunidad. Pero cuando entré en los vestuarios no la vi. Escuché correr el agua, así que debía estar en las duchas.
   - Por favor, no me diga que la siguió a las duchas… 
   - No, no. Esperé a que saliera. Cuando salió desnuda de las duchas la saludé con la mano y le dije amablemente: “Hola, Iria Flavia. ¿Te acuerdas de mí? Tengo que hablar contigo. Necesito que me digas dónde están los unicornios”.
   - ¿Desnuda? ¡No, no, no, noooo…! –exclamó el detective, tapándose la cara con las manos–. ¿Y qué hizo la niña?
   - No se lo va a creer… ¡Se puso a gritar! No tuve otro remedio que ir a por ella.
   - ¡”Ir a por ella”! Pero, ¿qué dice? ¿Atacó usted a la niña?
   - No, no la ataqué. Sólo la sujeté y le puse la mano en la boca para que dejara de gritar. Pero como estaba desnuda y mojada se me escurría, y continuó gritando. Le di una bofetada para que se calmase, pero…
   - ¿Cómo que una bofetada? ¡Es usted un imbécil! ¡Un bruto! ¡Un bestia! –gritó Mateo, exasperado. 
   - ¿Bestia yo? Bestias las niñas gimnastas esas. Al oír los gritos acudieron  enseguida y empezaron a golpearme. No vea lo trabajados que tienen los músculos. Vaya patadas y puñetazos que pegan. Me dejaron el cuerpo lleno de moratones.
   - ¡Me parece muy bien! –remarcó el detective.
   - Luego encima llegaron dos mujeres policía y venga, también a pegarme. Las había avisado la monitora. ¡No atendieron a razones! Yo intenté explicarles lo de los unicornios, pero se enfadaron más y me pegaron más fuerte.
   - Hombre, pues no me extraña. Es que si llego a estar yo allí también le doy.
   - Bueno, pues me detuvieron. Pero luego en el juzgado tuve suerte. En atención a lo mucho que les había ayudado en la selva, el padre de la niña le pidió al juez que no me encarcelara. Que se conformaba con que me impusieran una orden de alejamiento. Y el juez le hizo caso. Así que yo ya no puedo vigilarla más.
   - Le estoy viendo venir…
   - Efectivamente, ahí es donde entra su agencia de detectives. Quiero contratarles para que espíen a la niña y vean si hace magia o se pone en contacto con los unicornios.
   - No puede ser… ¡Váyase usted a paseo, a tomar vientos, a freír espárragos o a bailar la zumba con su abuela! Por favor, por favor, menuda manera de perder la mañana... –dijo Mateo levantándose, con un enfado tremendo.
   - ¿No acepta el trabajo entonces? ¡Qué poca profesionalidad! –repuso contrariado Don Pablo, levantándose también.
   - Precisamente. ¡Somos profesionales! No nos dedicamos a espiar niñas.
   - Oiga, usted antes dijo que me respetaba.
   - Eso era antes de saber que usted se dedica a espiar niñas y a darles de bofetadas. ¡Váyase al cuerno!
   - Bueno, esto es increíble. Encima que me preocupo de citarle aquí –declamó Don Pablo alzando los brazos al cielo.
   - Un momento, ¿qué quiere decir con eso? –preguntó alarmado el detective–. ¿Hay algún motivo para que estemos aquí? Yo pensaba que era por buscar un sitio disimulado.
   - No, no, la razón es que me he enterado que el colegio donde estudia Iria Flavia tiene organizada hoy una excursión al Jardín Botánico.
   - Pero, ¿qué me está contando, pedazo de majadero? ¿La niña esa va a venir aquí?
   - ¡Naturalmente! Por eso le cité en el Jardín Botánico. ¡Para que pudiera empezar a espiar inmediatamente! ¿No se anima? ¡Le voy a pagar muy bien!
   - Yo lo mato… ¡Esto es el colmo!
   - No está siendo usted “siempre positivo” –le recriminó Don Pablo.

El perro volvió a ladrar.  

   - Estoy harto de ese perro. Si es suyo, dígale que se aleje.  

   Mateo iba a contestar pero, de repente, se oyó una algarabía procedente de la recepción. Varias decenas de niños estaban entrando y dispersándose por el lugar. Un mujer y dos hombres adultos, probablemente sus profesores, les gritaron para que se agruparan, consiguiendo sólo a medias que les hicieran caso. En el recinto de la cafetería, Don Pablo se quedó paralizado y exclamó con preocupación:
   - Pero, ¿qué hora es? ¿Ya están aquí? ¡Oh, no, tengo que esconderme! Si la niña me ve, seguro que me denuncia.

   A continuación se internó en el espacio de los Frutales del Nuevo Mundo y se agachó tras el lugar donde estaba plantado un chirimoyo. El detective se acercó riendo y le dijo:
   - Es usted tonto de caerse.
   - Disimule. No mire hacia aquí.
   - Una pregunta. Si encontrase usted un unicornio, ¿qué haría?
   - Lo lógico y normal. Primeramente, me quedaría extasiado. Y después lo mataría, para arrancarle el cuerno y hacer magia con él. 
   - Jo, pues menudo “fervor por los unicornios”. ¡Lo que quiere es matarlos!
   - ¡No mire hacia aquí! ¿Usted sabe lo poderoso que es un cuerno de unicornio?
   - No, no lo sé. Lo que sí sé es lo que voy a hacer ahora.

   Mateo Mallo se acercó a Don Pablo, le agarró por los hombros, tiró de él con fuerza y lo arrastró a la vista de todos mientras gritaba con poderío:
   - ¡EH! ¡AVISEN A LA POLICÍA!
   - Oiga, ¿pero qué hace? ¡Suélteme!
   - Yo soy un detective, y los detectives colaboramos con la Justicia. Usted está violando su orden de alejamiento.

   El grupo de críos y sus profesores miraron hacia allí. Una niña morena chilló, dejó caer al suelo una libreta, corrió hacia la mujer adulta y exclamó asustada:
   - ¡Aaaaaah! ¡Profe, es el que me atacó en los vestuarios!
   - ¿Qué dices, Iria Flavia? ¿Seguro que es él? –respondió la profesora. 
   - ¡Sí! ¡El idiota de los unicornios!  

   Todos los niños empezaron a dar voces. Los dos profesores hombres se miraron entre ellos sin saber qué hacer. Pero la profesora, decidida, se adelantó extendiendo los brazos y gritó:
   - ¡Niñoooos! ¡Hacia atrás! ¡Todos detrás de mí!  

   Los niños obedecieron y corrieron a situarse detrás de su profesora. Mientras tanto, Don Pablo consiguió soltarse de Mateo y empezó a correr, bramando:
   - ¡Tengo que escapaaaar! 

   El detective se volvió hacia el perro y, señalando al hombre que huía, le ordenó:
   - ¡Anda a por él, Siempre Positivo!  

   El mastín se levantó como un rayo, se abalanzó sobre Don Pablo y le hizo caer.
   - ¡Lo sabía! –dijo desde el suelo–. ¡Traidor! ¡Mentiroso! ¡Usted me dijo que el perro no era suyo!
   - Porque no es mío –dijo Mateo acercándose–. Es de mi hermano Quique. Cuando le dije que tenía que venir hoy al Jardín Botánico, me pidió que lo trajera para pasearlo. ¡Muy bien, Siempre Positivo, sujétalo!
   - Oiga, que me está mordiendo el perro.
   - Bueno, es un perro. No va a bailar la jota. Lo que hace es morder. Qué cachondo mi hermano, mira que ponerle de nombre Siempre Positivo al perro… Jajaja, está claro que a él también le marcaron las palabras de mamá. Mi hermano es todavía más chistoso que yo.

   A todo esto, alertado por el griterío, había aparecido el guarda de seguridad, abriéndose paso entre el grupo de niños. La profesora le comentó:
   - Señor guardia, ese hombre que está en el suelo tiene una orden de alejamiento de esta niña. Hace unos días la atacó cuando estaba desnuda en los vestuarios.
   - ¿Que atacó a la niña? Mira qué bien. ¡Ya era hora! Dos años trabajando en este sitio y no había tenido ocasión de usar la porra. Vayan ustedes llamando a la policía.
  
…….........  

   Media hora más tarde, los niños habían iniciado su excursión, Don Pablo Santiago Sánchez Iglesias estaba detenido en un coche patrulla (con algunos golpes y mordeduras) y el detective Mateo Mallo estaba en la terraza de la cafetería, terminando de prestar declaración. Uno de los policías se le acercó. Llevaba en la mano una libreta. La posó en la mesa y la señaló diciendo:
   - Hemos encontrado esto en el suelo. No es suyo, ¿verdad?
   - No, qué va. Se le habrá caído a alguno de los niños.
   - ¿Se lo puede devolver usted? Nosotros tenemos que irnos.
   - Vale, voy a ir a dar una vuelta con el perro y seguro que me los encuentro.  

   Los policías se marcharon, dejándole solo. Mateo miró la libreta y leyó el nombre que estaba escrito a bolígrafo en la portada: “Iria Flavia Masaveu Alvargonzález”. ¡Iria Flavia! Vaya, pensó, tenía que ser precisamente su libreta. Tuvo la tentación de abrirla, pero no lo hizo. Se dijo a sí mismo en voz baja:
   - No, Mateo, no hagas tonterías. Tú se la llevas y listo.  

   Pero justo en ese momento sopló una fuerte ráfaga de viento, que abrió la libreta por la mitad. El detective miró las paginas que habían quedado al descubierto. En la página derecha había escritos unos extraños símbolos. En la página izquierda se veía el dibujo de un unicornio. Intrigado, Mateo empezó a pasar hojas. La libreta estaba llena de dibujos de unicornios.
   - Ay, ay, ay… –dijo para sí.  

   Tan absorto estaba mirando la libreta que no se dio cuenta de que alguien se le acercaba por detrás. Y de pronto escuchó una voz a sus espaldas:
   - Esa libreta es mía.

Mateo se sobresaltó y se dio la vuelta, exclamando:
   - ¡Mi madre, mi suegra, mi abuela…!
   - Y su tía Federica. Deme mi libreta –dijo Iria Flavia, extendiendo la mano.
   - Jejeje... No, pequeña, mi tía se llama Sandra. Es la mamá de mis primas Clotilde y Matilde. Perdona, cariño, no te he oído llegar. Toma tu libreta.
 
   Cerró la libreta y se la tendió. La niña la cogió mirándole desconfiada y se dio la vuelta para irse. Pero Mateo la llamó:
   - ¡Iria Flavia! Te llamas así, ¿verdad? 

   La niña se volvió. El detective respiró hondo y, sin creerse lo que estaba haciendo, se acercó a ella y le preguntó en voz baja:
   - Oye, tú… ¿de verdad estuviste con los unicornios?  

   La niña abrió mucho los ojos y la boca. Parecía a punto de gritar. Mateo alzó las palmas de las manos y negó con la cabeza, mientras le decía:
   - ¡No, no te asustes! No pienso hacer nada. No voy a seguirte, ni a espiarte, ni nada. Y no quiero saber dónde hay que buscarlos. Si existen, es mejor que sigan donde están, sin que nadie los encuentre. Pero… sería tan bonito saber que existen de verdad.

   Iria Flavia metió la mano derecha en el bolsillo de su anorak, le miró fijamente y musitó algo entre dientes. Súbitamente, Mateo sintió una extraña sensación, como si alguien le estuviese tocando la cabeza, pero por dentro. Se le nubló la vista un momento, pero enseguida volvió a mirar a la niña. Iria Flavia sonreía. Y tenía una sonrisa maravillosa.
   - Usted no es como el otro. Usted es bueno –dijo.
   - Intento serlo –respondió el detective.  

   La niña miró alrededor. En la terraza de la cafetería no había nadie más, pero el camarero les miraba desde dentro. Iria Flavia se metió en el laberinto de los frutales y con la mano izquierda le indicó a Mateo que la siguiera. Cuando estuvo segura de que nadie les miraba, sacó la mano derecha del bolsillo del anorak. Y sostenía algo en la mano. Parecía una rama recta, formada por varias pequeñas estrías agolpadas que se enroscaban en espiral, cada vez más delgadas, hasta acabar en punta. Tenía el color de la plata vieja, y brillaba levemente. Y aunque evidentemente Mateo nunca había visto ninguno, supo enseguida lo que era. Era el tramo final del cuerno de un unicornio.  
   - No puede ser… –dijo alucinado–. ¿Te lo dieron ellos?
   - Sí, en un ritual. El unicornio mayor clavó su cuerno en mi brazo. Me dolió muchísimo, y empecé a sangrar a chorros. Otro unicornio hizo su cuerno brillar y lo golpeó contra una roca. El cuerno se partió, una mitad siguió en la frente del unicornio y la otra mitad cayó en la hierba. Yo recogí el trozo de cuerno con la mano buena, me lo acerqué a la herida y dejé que se empapara bien en mi sangre. De esa forma quedó vinculado a mí. Sólo yo puedo hacer magia con él. Después el unicornio mayor volvió a acercar su cuerno a mi brazo, lo hizo brillar y su magia hizo que se cerrara la herida. Pero sigo teniendo la cicatriz.
   - Es increíble, increíble… ¿Y por qué te lo dieron?
   - Quieren que lo use para convencer a la gente de que dejen de hacer daño a la Naturaleza. Ellos no se atreven a salir porque…
   - Porque saben que serían perseguidos –terminó la frase Mateo, pensando en Don Pablo y los socios de SALFUMÁN, LEJÍA y AMONIACO.
   - Sí. Por eso –confirmó Iria Flavia, bajando la cabeza.
   - Ellos… ¿hablan? –quiso saber el detective.
   - No lo necesitan. Te transmiten sus pensamientos puros, y tú escuchas como si te hablaran dentro de la cabeza.
   - ¡Caray! Así que vas a proteger la Naturaleza. ¡Como Greta Thunberg!
   - No, como esa no, que es muy gritona y además no le hacen caso.
   - Sí, eso es verdad –asintió Mateo, suspirando–. ¿Y qué vas a hacer tú entonces?
   - En el refugio donde viven los unicornios hay un cueva con un libro de hechizos, de un mago que vivió hace siglos allí. El tiempo que estuve con ellos copié los que pude. Hay algunos para influir en las personas. Mi papá conoce a mucha gente importante. No seré yo quien plantee las cosas. Será gente importante a la que yo haya influido. A lo mejor así funciona.
   - Qué lista. Pues que tengas mucha suerte –le deseó el detective.  

   La niña volvió a bajar la cabeza y dijo algo avergonzada:
   - Todavía no sé hacer lo de influir en la gente. Es muy, muy difícil. Y la magia del cuerno sólo durará cinco años. Es lo que tardará en crecerle el cuerno entero al unicornio otra vez. A lo mejor no me da tiempo.
   - Bueeeno, tú haz lo que puedas. ¿Y qué sabes hacer ya?
   - Con el cuerno detecto la bondad, como hice contigo antes. Buf, qué bien me está sentando hablar contigo. Creo que necesitaba contarle todo esto a alguien. Mira, sé hacer esta tontería.  

   La niña abrió la libreta y empezó a hojear hasta que llegó a una de las páginas que contenía símbolos extraños. La sostuvo con la mano izquierda, abierta por esa página, mientras con la mano derecha levantaba el cuerno. Recitó:
   - ¡Ad urgoil dufne sabá!  

   De la punta del cuerno brotó una luz blanca, que enseguida se dividió hasta convertirse en una franja de siete colores, un pequeño arcoiris. Iria Flavia empezó a mover el brazo. Al cabo de unos momentos, Mateo pudo contemplar ante sí la palabra “GRACIAS” flotando en el aire, escrita en arcoiris. Entonces la niña sopló y la palabra se deshizo en al aire, convirtiéndose en una miríada de puntitos de colores que fueron difuminándose hasta desaparecer.

   Iria Flavia sonrió y volvió a guardarse el cuerno en el bolsillo del anorak. Luego dijo simplemente “adiós”, se dio la vuelta y se marchó corriendo, en busca de sus compañeros.  
   - Gracias a ti, preciosa –dijo el detective mientras la veía alejarse.

   Se sentía más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo, y se dio cuenta de que tenía lágrimas surcándole las mejillas. Contempló los árboles meciéndose con la brisa, luego cerró los ojos y aspiró profundamente el aire penetrante, cargado de aromas. Los volvió a abrir y admiró las flores y la hierba verde. Escuchó el suave murmullo del arroyo y, a lo lejos, las risas de los niños que estaban de excursión. Y pensó que el mundo era más dulce y hermoso de lo que la mayoría de la gente pensaba. Levantó la cabeza y le habló al cielo ya sólo parcialmente nuboso, en el que por fin se atisbaba el sol de la mañana:
   - Tenías razón, mamá. ¡Siempre positivo!  

   El perro ladró y se le acercó meneando la cola. Mateo se agachó y le acarició, diciendo:
   - Que sí, Siempre Positivo, que sí. ¡Ahora mismo te llevo a dar una vuelta!

FIN