Primer
objetivo: ella. Entornó ligeramente la puerta del dormitorio y se
asomó. Perfecto. Su mujer seguía roncando, sumida en su siesta
vespertina.
Segundo
objetivo: él. Caminó de puntillas hasta su cuarto y se asomó.
Perfecto. Su hijo de seis años estaba estaba sentado en el suelo,
jugando con sus muñecos y poniendo vocecitas. Bien, estaba
entretenido y no molestaría.
Fue
andando hasta el salón. Una vez allí, cogió el gran atlas que
había en la librería y se sentó en el sofá. Puso el atlas encima
de sus rodillas y lo abrió por la mitad, sonriendo. Allí estaba la
revista porno que había escondido dos días atrás. El atlas era un
buen escondite, nadie lo miraba nunca. A su mujer no le iban los
mapas y el niño casi no podía con el enorme libro.
Apartó
la revista, cerró el atlas, se levantó y lo colocó en su sitio.
Luego recogió la revista y se dirigió al cuarto de baño. Entró,
encendió la luz, cerró la puerta y puso el pestillo. Dejó la
revista sobre la tapa del inodoro y procedió a desabrocharse el
pantalón, bajarse la cremallera y dejar que el pantalón cayera
hasta sus tobillos. A continuación se bajó los calzoncillos.
Se
irguió y se miró en el espejo que había encima del lavabo. Luego
bajó la vista y se quedó un momento contemplando su arrugado y
escuchimizado pene.
- Por
favor, qué birria… –comentó.
Volvió
a mirarse en el espejo. Sonrió y se hizo a sí mismo un gesto de
aprobación, levantando los pulgares de ambas manos. “¡Manos a la
obra!”, pensó.
Con
gesto decidido, cogió la revista y la situó cuidadosamente sobre la
lavadora, que tenían justo al lado del lavabo. Se agachó un poco y
empezó a acariciarse la parte interior de los muslos. A continuación
se masajeó suavemente el perineo y los testículos. Empezó a pasar
las páginas de la revista con la mano izquierda, despacio, fijándose
en cada foto, mientras con la derecha se agarraba la polla y
comenzaba a sacudírsela lentamente al tiempo que, con el mismo ritmo
lento, movía el trasero hacia delante y hacia atrás.
-
Síííí, esto es otra cosa –se dijo al comprobar cómo el órgano
crecía y respondía. Tenía cierta costumbre de emitir sonidos
mientras se masturbaba, y tampoco pudo evitarlo esta vez– Oooooh…
qué bien. Así, así…
Pero
entonces oyó cómo se movía el pomo de la puerta del baño. Alguien
intentaba entrar. ¡Menos mal que se había acordado de poner el
pestillo! Enseguida escuchó la voz de su hijo:
-
Papi, ¿estás ahí?
- Sí
Eduardo, estoy aquí. Vete, que estoy ocupado y va para largo.
Uuuuuh… aaaaah…
-
¿Estás haciendo caca?
-
Síííííí. Tomaaa….
-
Papá, tengo que hacer pis.
- Pues
te aguantas hasta que acabe. Uuuuyyyy…
-
Papá, ¿estás bien? Suenas como… ¿extrañado? ¿estrellado?
- ¿Estreñido?
-
¡Eso! ¿Estás estreñido?
- ¡No!
Lárgate, corcho. Uaaaah… Madre, madre…
-
¿Madre? ¿Quieres que llame a mamá?
-
¡¡Noooo!! ¡Ni se te ocurra! Eeeeeh… Chupi, chupi…
-
Papá, ¿te pasa algo?
- ¡No
me pasa nada! ¡Y te he dicho que te vayas! Hala, qué negraaaa….
–musitó el padre, al pasar otra página y encontrarse con el
cuerpo desnudo de una escultural mujer de ébano.
-
¿Negra? ¿Te sale negra? –inquirió el niño, curioso.– A mí a
veces me sale muy oscura, pero tanto como negra no. ¿Me la dejas ver
cuando termines, antes de tirar de la cadena?
-
Pero, ¿tú qué haces ahí todavía? ¡Me voy a enfadar! Oh, esta es
un monumento…
- ¿Un
monumento? Jopé. Papá, ¿tienes….?
- ¿Qué
si tengo qué? ¡Ah! ¡Eh! ¡Ih! ¡Oh! ¡Uh!
-
¡Joder! ¿Cómo se dice?
- Edu,
te tengo dicho que no uses esa palabra. Puá… puá…
- Lo
sieeeento. ¿Y qué palabra digo? Es que se me escapa. ¿Y cómo se
dice cuando cagas mucho?
-
Diarrea.
-
¡Arrea! Vale, a ver si se me queda. ¿Y cómo se dice cuando cagas
mucho? Ah sí, “cagalera”. ¿Papi, tienes cagalera?
- ¡Noooo!
-
¡Pues termina pronto, que ahora también me han dado ganas de hacer
caca!
- Lo
que faltaba. ¡Pues hazla en un tiesto! Cha-cha-chá…
- Sí,
claro. ¿En el tiesto del cactus o en el de la chumbera? ¿Por qué
tenéis sólo plantas con pinchos?
- ¡Que
me dejes en paz! ¡Hazlo en el aloe vera! Uauuuu….
- El
aloe vera está encima de la alacena y no llego. ¡Y también pincha!
Mientras
tanto, la madre se había levantado. Escuchó las voces que venían
del pasillo de la entrada, se dirigió hacia allí y sorprendió a su
hijo saltando frenéticamente y aporreando la puerta del baño.
-
¡Papá, termina ya, porfi, que me lo hago encima!
- ¡Que
lo hagas en un tiesto!
- ¡Que no,
que me pincho el culo!
- Que me
viene, que me viene…
- Que me
voy, que me voy…
-
Pero, ¿qué narices pasa? ¿Qué gritos son estos? –preguntó la
mujer, alarmada.
- Que
tengo que cagar y papá no me deja entrar y me dice que haga caca en
un tiesto– explicó el niño, apretándose las nalgas con las manos
y lagrimeando.
- Sí
hombre, me vas a estropear la chumbera con lo guapa que la tengo.
¿Dices que papá está ahí?
Como
respuesta, les llegó desde dentro del baño una exclamación
triunfal:
-
¡Síííííííí! ¡Yab-ba-dabadúúúú!
-
¿Será posible? –dijo la madre frunciendo el ceño. A
continuación, dio tres violentos golpes con la mano abierta en la
puerta del baño–. ¡Faustino! ¿Qué guarradas estás haciendo ahí
dentro?
-
Ostras, se despertó… Bueno, ¿a ti qué te parece que voy a estar
haciendo aquí?
- Papá hace
caca.
- No,
hijo. Papá se la machaca.
- ¿Que
se machaca la caca? ¿Para qué? ¿Con un mortero? –preguntó el
niño.
-
¡Lorena! ¿Cómo puedes decir eso delante del crío?
- ¿Y
tú cómo puedes…hacer lo que estás haciendo?
- Te juro
por mi madre que estoy cagando.
- Tu
madre… ¡Faustino, que nos conocemos! El “yabadabadú” me lo sé
de memoria.
-
¡Papá, sal ya, que me cago!
- Mira
Faustino, como salgas de ahí y tengas una revista te vas a acordar,
¿eh? –amenazó Lorena.
- ¿Una
revista? ¿Es que no hay papel higiénico? –preguntó Eduardo, sin
comprender.
Mientras
sucedía esta conversación, el padre se había limpiado a toda prisa
sus partes con papel higiénico, que después arrojó al inodoro.
También consiguió hábilmente tirarse un pedo silencioso pero muy
oloroso, que serviría para afirmar su coartada. Después se vistió
y se sacó un clip del bolsillo del pantalón. Cogió la revista, la
enrolló y utilizó el clip para sujetarla entre los pliegues de la
parte interior de la cortina de la bañera. Desde fuera no se veía,
y todavía era pronto para que el niño se bañase. Ya buscaría
luego un momento para recuperarla y volver a esconderla. Finalmente
tiró de la cadena, y abrió la puerta del baño.
En
cuanto vio el paso libre, Eduardo entró como un rayo, se bajó los
pantalones y los calzoncillos y se sentó en la taza. De inmediato
empezaron a oírse los “chof”, “chof”, “chof” en el agua
del váter..
-
¡Aaaaaaah! ¡Arrea, qué alivio! –exclamó el pequeño–. A mí
no me volváis a hacer esto, ¿eh? ¡Que casi exploto! ¡Y no, yo en
un tiesto no lo hago!
- Qué
barbaridad, hijo. ¿Qué has comido hoy? –le preguntó su padre.
- La fabada
que hiciste…
- Ah
claro, la de Litoral. Hay que reconocer que me sale estupenda.
La madre
también entró en el baño y empezó a pasear la mirada por la
estancia.
-
Busca, busca… –le espetó Faustino, desafiante–. ¿Ves como no
hay nada?
- Mmmffff.
Yo no veo ningún mortero –confirmó Eduardo, en pleno esfuerzo.
Desconfiada,
Lorena siguió buscando. Incluso se inclinó y miró detrás de la
lavadora. Faustino se inquietó al ver que se asomaba a la bañera un
momento, pero respiró al ver que se daba la vuelta negando con la
cabeza. Al no encontrar nada, Lorena se volvió hacia su marido y
empezó a palparle el cuerpo.
- No
me lo puedo creer. ¿En serio me estás cacheando? –repuso él.
- ¿Y el
“yabadabadú”?
- El
“yabadabadú” sirve para muchos usos. Yo tenía una cosa ahí
enquistada que no conseguía echar, y cuando al fin lo logré…
-
Bueno, vale. Vamos a dejarlo –dijo ella dándose la vuelta.
- Sí,
claro, lo dejamos, pero mira lo que llegaste a decir.
- De
acuerdo. No tenía que haberlo dicho.
- ¡Que a ti
te gusta mucho acusar!
-
Vaaale. Déjalo ya.
-
¡Acusadora!
-
¿Queréis salir los dos? ¡Que estoy cagando! –protestó el niño.
Sus
padres le hicieron caso y salieron. Él se dirigió hacia el salón,
pero ella se quedó un momento pensativa junto a la puerta del baño.
Y de repente anunció:
- Oye
Eduardo, ¿sabes qué te digo? Que ya que estás así, cuando
termines te lo quitas todo y te metes en la bañera, así te bañas
ya.
Al
escuchar esas palabras, Faustino se detuvo, se llevó las manos a la
cabeza y dio media vuelta corriendo.
- Pero
mujer, ¿qué dices? ¿Cómo se va a bañar ahora? Deja al niño
tranquilo.
-
Mamá, si es pronto –se quejó Eduardo desde dentro.
- ¡Claro
que es pronto! –confirmó su padre–. Y para los niños es
importante mantener una rutina.
- ¡Bueno,
esto es…! –se sorprendió la madre–. Otros días me dices que
baño al niño muy tarde, y hoy…
-
Mira, con tanto lío lo mejor es que el crío hoy no se bañe. Y ya
está. Tampoco pasa nada por un día.
- ¡Qué
guay! ¡Gracias, papi! –gritó contento Eduardo, mientras cogía
papel higiénico y empezaba a limpiarse.
- ¿Que
no lo bañe? ¿Y la rutina esa? Faustino, a veces no hay quien te
entienda. Pues claro que lo voy a bañar.
- ¡Que no!
- ¡Que sí!
- ¡No,
no, papi, mami, por favor, no os peleéis por mí! –dijo
lastimosamente el niño mientras tiraba de la cadena–. ¿Veis? Yo
ya terminé. Ahora me quito la ropa y me bañas, mami.
Lorena
entró en el baño y empezó a arremangarse. Eduardo se desnudó a
toda prisa y se metió en la bañera. Entonces se escuchó un pequeño
ruido, seguido por una exclamación de sorpresa.
-
¡Arrea! ¿Qué es esto?
- ¡Ay,
Dios! Los zapatos, los zapatos… –oyeron decir a Faustino.
La
madre se asomó fuera extrañada pero su marido ya no estaba allí,
así que volvió a meter la cabeza en el baño. El pequeño Eduardo,
desnudo en la bañera y con expresión de asombrado regocijo, estaba
pasando a toda velocidad las páginas de una publicación que
sostenía en sus manos, mientras no paraba de soltar interjecciones.
-
¡Arrea! ¡Jopé! ¡Hala! ¡Anda! ¡Jolines!
- Hijo, ¿qué
es eso?
-
¡Mira, mami! ¡Bailarinas! –contestó el niño, tendiéndole la
revista.
Lorena
la cogió y le rechinaron los dientes al ver lo que era.
- ¿Quééééé?
- Mira
qué poses hacen. ¿Por qué están desnudas? ¿Porque están
ensayando?
-
¡¿Dónde estaba esto?! –preguntó furiosa la madre, sin hacer
caso a su hijo.
- No
sé. Al mover la cortina de la bañera se cayó dentro.
-
Joder…
-
Mamá, eso no se dice. Di “arrea”. Me lo ha enseñado papá.
- Sí,
diarrea. Diarrea de tortas la que le va a caer como se atreva a venir
esta noche a la cama.
La
mujer estrujó la revista con la mano, se dio la vuelta de un salto y
se propulsó fuera del baño, gritando:
-
¡FAUSTINO! Conque me gusta mucho acusar, ¿eh? ¡Conque me gusta
mucho!
Eduardo
salió de la bañera y se asomó por la puerta del baño, a tiempo de
ver a su padre (con los zapatos puestos) abriendo la puerta del piso,
la que daba al rellano de la escalera. Pero la madre le alcanzó y le
sujeto del brazo:
- ¡¡¿A
dónde vas tu ahora?!!
-
¿Quién, yooooo? Eeee… voy a comprar tabaco.
- Que
vas a… ¡¡Dejaste de fumar hace tres años!!
-
Bueno, pu… pues ahora vuelvo a empezar.
- No
me torees, ¿eh? ¡¡No me torees!! Entra en la cocina, que tengo que
hablar contigo.
- Pero
mujer, no te enfades.
-
¡ENTRA EN LA COCINA!
Lorena
cerró la puerta del piso y los dos entraron en la cocina, cerrando
también la puerta de la misma. Eduardo salió del baño y se quedó
parado un momento, asustado por los gritos que empezaron a oírse.
- Jo,
ya están discutiendo. ¿Será por mí? Me parece que hoy al final no
me baño… –dijo tristemente. Y al momento de decir eso, se le
dibujó en el rostro una sonrisa de oreja a oreja y exclamó:– ¡No
me baño! ¡Genial!
Caminó
hasta el salón, entró y encendió la luz. Cerró la puerta. Sí,
así no se oían los gritos. Por curiosidad se acercó hasta el
fondo, descorrió la cortina y miró hacia la calle a través del
gran ventanal, que ocupaba casi todo el alto de la pared. Entonces
alzó la vista y vio a su compañera de clase Lucía, que vivía
justo enfrente, mirarle por la ventana de su casa con los ojos como
platos. Eduardo se dio cuenta de que, claro, todavía estaba desnudo
y Lucía se lo estaba viendo todo. Ya era tarde para hacer el gesto
ridículo de taparse con las manos, así que dedidió convertir la
situación en algo divertido. Levantó la cabeza sonriendo, saludó a
su compi con la mano y se puso a bailar delante del ventanal,
imitando las poses que había visto en la revista, mientras decía:
-
¡Arrea! ¡No me baño! ¡Arrea! ¡No me baño!
Su alegría
exhibicionista se vio interrumpida bruscamente por una voz a sus
espaldas:
-
Pero, ¿qué haces ahí? ¿Cómo que no te bañas? ¡Andando a la
bañera ahora mismo!
Eduardo
se dio la vuelta y vio a su madre caminar hacia él con cara de
enfado. Estaba descalza del pie izquierdo y llevaba la zapatillla
correspondiente en la mano derecha.
- Va,
mamá, ya me bañaré mañana –dijo el pequeño, poniendo ojitos
tiernos.
- No
me calientes, ¿eh? Mira, acabo de zurrar a tu padre en el culo con
la zapatilla, ¡y no tengo problema en empezar contigo! –le amenazó
ella, agitando con la mano el temible artefacto.
-
¡Arrea! ¡Vale! ¡Vale! ¡Ya voy! –exclamó asustado el niño,
yendo hacia su madre.
Lorena
se calzó y juntos salieron del salón, mientras el pequeño
preguntaba tembloroso:
- ¿De
verdad le has dado a papá en el culo?
- Ahí
lo tienes –contestó ella, señalando.
En
efecto, Eduardo pudo ver a su padre en una esquina del pasillo, de
cara a la pared. Se mordía el labio inferior con gesto dolorido y se
masajeaba con las manos la culera del pantalón.
-
Papá, ¿qué haces ahí? –preguntó el niño, asombrado.
-
Estoy castigado… –contestó Faustino, dándose la vuelta con ojos
lastimosos.
- ¡Te
he dicho que de cara a la pared! –le gritó Lorena, que a
continuación se encaró con su hijo.
- Y
ahora vamos a ver, ¿tú qué hacías desnudo delante de la ventana?
-
Estaba bailando para hacer reír a Lucía, mi compi, la que vive
justo enfrente.
- ¡A
Lucía no, por favor! Ay, con lo escandalosa que es su madre. ¿Y te
ha visto así?
- Sí,
¿qué pasa? Cuando el mes pasado se quedó un día a dormir, nos
bañaste a los dos juntos.
- Ya
lo sé, ya lo sé, y no veas cómo se puso su madre. Si llego a saber
que era así…Hijo, no es lo mismo estar desnudo en la bañera que
delante de la ventana del salón.
- ¿Por
qué? No lo entiendo. El chirimbolo es el mismo y el culete también.
Lorena iba a
decir algo, pero justo en ese momento sonó la melodía de su móvil.
Sacó el aparato del bolsillo lateral de su rebeca y supiró al ver
la pantalla.
- Ay
no, por favor, quién es.
-
¿Quién? –preguntó el niño.
- La
mamá de Lucía. –le contestó su madre, antes de responder a la
llamada.– Hola, Merche… Sí, qué ocurre… ¿Y qué mas da que
estuviera desnudo? Se iba a bañar y se asomó un momento a la
ventana… ¿Cómo que poses provocativas? Bueno, sí, bailó un
poco, siempre está jugando… ¿Pero qué trauma va a coger la niña?
¡Que son críos, Merche, que no pasa nada!... Oye, eso no te lo
consiento. Yo no soy ninguna corruptora de menores… ¿Qué dices?
¿Qué acoso ni qué…? Y ahora me cuelga la muy gilipollas. ¿Será
borde?
-
Mami, ¿estás bien? –preguntó inquieto Eduardo, al ver a su madre
respirando agitada.
- Sí,
hijo. Es esta mujer, que me saca de quicio. Ya está como la otra
vez. Mira cariño, ¿sabes qué te digo? Que hoy no te bañas. Ale,
ya está. Estoy muy enfadada, la tía esta me ha puesto todavía de
peor humor, y no quiero hacerte daño. Pero tienes que portarte bien,
¿eh?
- ¡Sí!
¡Qué guay! ¡Gracias, mami! –chilló el niño, dando saltos.
- Qué
jodía. Y al final no lo baña. Menuda familia –comentó Faustino
desde su esquina.
- Tú…
¡A que te doy otra vez! Yo sí que podría decir eso de “menuda
familia”.
- Y yo
también. ¡Menuda familia! –añadió Eduardo.
-
¿Cómo que tú también? ¿Quieres ir a la bañera, hijo?
- ¡No,
mami, no!
- Pues
te callas, y vístete de una vez. Ya está bien de andar desnudo, que
no sé lo que pareces.
- ¿Una
bailarina? –dijo el niño haciendo una graciosa pose.
Luego se irguió, miró a su madre y exclamó:– ¡Es verdad, la
revista de antes! ¿Me la dejas otra vez?
- ¡A
LA BAÑERA!