domingo, 12 de octubre de 2014

La "marca España"...

...es un ridículo concepto que se utiliza mucho últimamente y que a mí, cada vez que lo leo o que lo escucho, me produce ganas de vomitar.

Las últimas noticias con Pujol, Fernández Villa y las tarjetas opacas de Caja Madrid son las inspiradoras de este poema, que publico hoy, 12 de octubre, como contribución al Día de la Fiesta Nacional. ¡Olé!

Imagen: Graham Horn






LA CORTE DE LOS MANGANTES

¡Vaya noticias más edificantes!
Los que daban lecciones de honradez
resulta que no son más que una hez.
¿Y nadie se había dado cuenta antes?

Hipócritas, ladrones y tunantes,
henchidos de una arrogancia soez...
¿Han de ser todos del mismo jaez?
¡España es La Corte de los Mangantes!

Los que tienen la sartén por el mango
solamente saben chupar del frasco,
seguros de que alcanzar cierto rango

les faculta a cometer cualquier fiasco.
Un cerdo revolcándose en el fango:
eso es la "marca España", y da asco.

sábado, 12 de julio de 2014

Morir por...

Se cumplen 100 años del inicio de la I Guerra Mundial, y es buen momento para publicar algo sobre aquella tremenda sangría. Un poema interesante referente al conflicto es este de W.B. Yeats (1865-1939), del cual he hecho una "traducción rimada" de las mías. Trata de un pobre irlandés que se ha alistado voluntario para luchar por los ingleses, a los que odia. ¿Por qué? Yeats intenta contestar a la pregunta.

Imagen: Eduardo Alonso Álvarez





UN PILOTO IRLANDÉS PREVÉ SU MUERTE

Sé que me encontraré con mi destino
arriba, entre las nubes del cielo.
No odio a quienes son mis enemigos.
No amo a aquellos a quienes defiendo.
Vengo del país de Kiltartan Cross,
los pobres de Kiltartan son mi pueblo.
Ningún posible fin que tenga yo
hará que aumenten su dicha o su duelo.
Ni la ley ni el deber me hacen luchar,
ni los políticos, ni los aplausos.
Un solitario impulso de gozar
me trajo a las nubes, a este gran caos.
Pensé en todo, todo fue sopesado,
aliento malgastado parecían
los años por venir, cual los pasados.
Se equilibra esta muerte, con mi vida.


Y aquí está el poema original:


AN IRISH AIRMAN FORESEES HIS DEATH

I know that I shall meet my fate
Somewhere among the clouds above;
Those that I fight I do not hate,
Those that I guard I do not love;
My country is Kiltartan Cross,
My countrymen Kiltartan's poor,
No likely end could bring them loss
Or leave them happier than before.
Nor law, nor duty bade me fight,
Nor public men, nor cheering crowds,
A lonely impulse of delight
Drove to this tumult in the clouds;
I balanced all, brought all to mind,
The years to come seemed waste of breath,
A waste of breath the years behind
In balance with this life, this death.

William Butler Yeats, 1918

domingo, 6 de julio de 2014

Hablar, comunicarse...

...aunque sea sin palabras.

Regreso tras un año sin escribir por aquí. Atravesé una fase de bloqueo creativo. La verdad, no se me ocurría nada. Y cuando se me ocurría, eran ideas tremendamente complejas para cuyo desarrollo precisaba un tiempo que no tenía. Solucionados algunos inconvenientes, inicio una nueva etapa en la que espero volver a publicar con regularidad, aunque vete a saber.


Este poema fue un encargo. Yo en su día me declaré objetor de conciencia (supongo que no os sorprende). En 1998-99 me tocó hacer la Prestación Social Sustitutoria en un centro para niños con parálisis cerebral (aunque también acuden algunas personas con otras afecciones). Les cogí tanto cariño a los chavales que decidí seguir acudiendo al centro como voluntario. Y aún sigo yendo. Este año se celebró el cincuentenario de la asociación que gestiona el centro, y se hizo una publicación conmemorativa. Me pidieron una colaboración, y esto fue lo que escribí. La imagen pertenece al impresionante, inquietante y emotivo proyecto Echolilia, del fotógrafo Timothy Archibald.


Imagen: Timothy Archibald




PUENTES

Tengo algunos amigos que me alaban
por mi voluntariado en este centro.
Me extraña, porque creo que se engañan,
no soy tan generoso ni tan bueno.
Mi actividad aquí es interesada:
recibo mucho más de lo que entrego.
Carece por completo de importancia
que la transacción no sea en dinero.
¿Qué me mueve? Una pulsión extraña.
Soy adicto a vosotros, mis pequeños.
Van muchos años desde aquella carta
que me llegó desde algún Ministerio.
No quise aprender a disparar balas
y me tocó aprender a daros besos.
Estar con vosotros no es una carga
sino un emocionante privilegio.
Después de currar toda la semana
me ilusiona venir a vuestro encuentro,
y con vuestra ternura ilimitada
liberarme de traumas y recelos.
Cuando vuestras sonrisas me reclaman
o me llamáis con mudos aspavientos,
si me dedicáis vuestras carcajadas
o vuestras expresiones de contento,
entonces siento en mi interior que nada
podría suponerme mayor premio.
¡Qué triste no escuchar vuestras palabras
y tener que interpretar vuestros gestos
y vuestras bellas y ansiosas miradas
cargadas de preguntas y deseos!
Quisiera disponer de alguna magia
capaz de leer vuestros pensamientos,
hablaros de tú a tú, que vuestras caras
no fueran tantas veces un misterio.
Pero he de conformarme, y me basta
ser un raro juguete en vuestros dedos,
y a través de la experiencia cercana
llegar de alguna forma a conoceros,
a advertir patrones, ritmos y mantras,
y encontrar minúsculos agujeros
en el velo invisible que os separa.
No sé si lo hago bien, tan sólo intento
tender puentes de forma improvisada
para enlazar mi mundo con el vuestro.

sábado, 13 de julio de 2013

Hoguera de campamento...

Ya estoy de vuelta. Qué bien se está de vacaciones. Últimamente no me prodigo mucho, pero espero solventar eso pronto. Estamos en verano, y me he decidido por un poema-cuento, o un cuento-poema. La idea era escribir algo digno de recitarse de noche, al aire libre, delante de un grupo de niños y adultos sentados, formando un corro, alrededor de una hoguera de campamento. A ver qué os parecen estos 200 dodecasílabos asonantes con cesura.

Imagen: por una vez, la foto es mía



LOS NIÑOS DE LA NIEBLA
(Balada de Trino y Enebro)

Con un vaso roto la historia comienza.
Un vaso que rompe por simple torpeza
un niño de ocho años que se llama Esteban.
Como reprimenda, su padre le pega
cuatro bofetadas con la mano abierta.
Después, con un grito, su madre le ordena
que se vaya al bosque para traer leña
pues aunque es verano, en la solariega
casa que alquilaron, sita en la ladera
de un boscoso monte, cerca de una aldea,
hay algunas noches en que el frío aprieta.
El niño obedece, recoge una cesta
y, muy compungido, sale por la puerta.
Sus padres le pegan con mucha frecuencia
y, mientras camina, el pequeño piensa
que no está seguro de que ellos le quieran.
- “Era sólo un vaso, un vaso cualquiera”,
se dice a sí mismo lleno de impotencia.
Absorto en su amarga y muda tristeza
no mira hacia dónde le llevan sus huellas,
da pasos sin rumbo entre la arboleda
recogiendo ramas que arroja en la cesta.
Al cabo de un rato, cansado, se sienta
y entonces se alarma, porque se da cuenta
de que se ha perdido. No tiene ni idea
de por dónde ha ido ni dónde se encuentra.

Sabe que si tarda le espera una buena,
y empieza a llorar, cuando por sorpresa,
una voz que dice, infantil y tierna:
- “¿Quieres ser mi amigo?”, a su espalda suena.
Esteban se asusta, y se da la vuelta.
Subido en el árbol que se halla más cerca
hay un niño extraño que alegre le observa.
Su cabello es verde, y su ropa es negra.
Esteban pregunta, con cierta cautela,
mientras con la manga sus lágrimas seca:
- “Hola, ¿tú quién eres?”; y el niño contesta:
- “Yo me llamo Trino, y tú eres Esteban”.
- “¿Cómo sabes eso?”. Trino se descuelga
del árbol de un brinco, se acerca a su vera
y entonces responde: - “Por esa cadena
que llevas al cuello, con tu nombre en ella”.
- “¿Y desde tan lejos podías leerla?.
No puedo creerlo. ¡Qué vista  más buena!”.
- “¿Estabas llorando?”, Trino se interesa.
- “Es que me he perdido”, Esteban confiesa.
- “Pues no tengas miedo. ¡Estas son mis tierras!
Me sé de memoria caminos y sendas.
Te llevaré a casa, pero antes... ¡espera!
Muy cerca hay un lago, y también hay cuevas.
Si vienes conmigo, te llevaré a verlas”.
Con una sonrisa, Esteban acepta
y siguiendo a Trino por una vereda
se interna en el bosque, dejando la cesta.
Trino es muy gracioso, y pronto congenian.
Los dos se persiguen entre la floresta
y chillan y corren y ríen y juegan.

Llegados al lago que Trino dijera,
ambos se despojan de sus vestimentas
y nadan desnudos en las aguas quietas.
Después de nadar, se echan en la hierba
permitiendo al sol dejar su piel seca.
Hay rasgos de Trino que a Esteban le inquietan:
que manchas mohosas recubren sus piernas,
que tiene en el pecho verdosos eccemas,
que son puntiagudas sus grandes orejas
y que el pelo verde que hay en su cabeza
más parece musgo que allí le creciera.
Pero no parece que nada le duela,
es un niño alegre de risa sincera,
nada como un pez, y es un gran atleta:
trepa por los árboles con gran ligereza,
se baja de un salto, y da volteretas.
Esteban lo pasa muy mal en la escuela
pues sus compañeros jamás le dan tregua:
es blanco de burlas, pelele en peleas
y nunca ha tenido amigos de veras.
Así que decide obviar las rarezas
y seguir con Trino, pues puede que fuera
el mejor amigo que jamás tuviera.

Luego de vestirse, Trino lleva a Esteban
cerca de la cima, donde están las cuevas.
Juegan a esconderse, y después se esmeran
en proferir voces que el gran eco aumenta.
Allí, medio oculta, hay una escalera
tallada en la roca. Ascienden por ella
y tras deslizarse por un par de grietas
alcanzan un claro entre grandes peñas.
Trino alza su brazo y toca una piedra,
hace un gesto extraño, luego canturrea
y en la misma roca, Esteban contempla
por arte de magia, abrirse una puerta.

Una hora más tarde, el niño despierta.
Está bajo un sauce, echado en la hierba
y a sus pies se halla la cesta de leña
repleta de ramas de las que no acierta
a recordar cuándo pudo recogerlas.
Se acuerda de Trino, pero sólo alberga
una impresión vaga de lo que ocurriera.
- “Tal vez lo he soñado”, dice con tristeza.
Entonces advierte que el pueblo está cerca
y, rápidamente, vuelve a la carrera
a la casa donde sus padres le esperan
bastante enfadados, como ya previera. 

Esa noche es clara, y en la luna llena
un presagio oscuro se instala en la aldea.
Nadie se emborracha hoy en la taberna.
Todos sienten miedo, y todos se encierran.
Cuando dan las doce, una bruma espesa
desciende del monte y al pueblo rodea.
Dentro de las casas, los ancianos tiemblan
pues ellos conocen las viejas leyendas.
Algo más arriba, en la solariega
casa de montaña, Esteban se queja.
Han vuelto a pegarle después de la cena
por haber tardado tanto con la leña:
nueve latigazos con una correa
en la piel desnuda de nalgas y piernas.
Echado en la cama, triste se lamenta
cuando de repente, un ruido le llega
desde la ventana. Esteban bosteza,
se levanta a ver, y atónito observa
a su amigo Trino flotando en la niebla
que con sus nudillos el cristal golpea.

Fascinado y mudo, Esteban se acerca
y abre la ventana. Trino ríe, entra,
le da un fuerte abrazo, y luego le cuenta:
- “¡Gracias! Buenas noches, mi querido Esteban.
Hay algo importante que quiero que sepas.
Mi corazón hace ya tiempo que anhela
tener un amigo, alguien que pudiera
compartir mis juegos, y ser mi colega.
No sé si conoces las historias viejas
de duendes del bosque que a veces se cuentan.
Pues yo soy un niño de esa raza añeja
y en estos parajes mi madre gobierna.
Hoy, tras conocerte, me ha dicho que acepta
transformarte en duende si así lo deseas.
Podrás hacer magia, volar en la niebla,
hablar con los plantas, hablar con las fieras
y otras maravillas que tal vez no creas.
Pero existe un precio para esa propuesta
y es que deberás olvidar quién eras”.
Esteban no sabe qué hacer y se queda
inmóvil un rato, al tiempo que piensa
en cómo se burlan de él en la escuela,
y en sus propios padres, que siempre le pegan.
No hay nada en su vida que valga la pena,
ni amigos que el nombre de amigo merezcan.

Cuando esa mañana, sus padres despiertan
y van a su cuarto, allí sólo encuentran
la cama vacía, la ventana abierta
y en el suelo restos de musgo y de tierra.
Le llaman a gritos: “¡Esteban! ¡Esteban!
pero nadie viene, y nadie contesta.
La búsqueda dura semanas enteras.
Cientos de personas toman parte en ella.
Buscan en el bosque, buscan en las cuevas,
se emplean aviones, técnicas modernas
y perros expertos que todo rastrean.
Algunos descubren aquella escalera
que parece parte de una antigua senda
y llegan incluso al claro entre piedras,
pero allí no hay trazas de ninguna puerta
pues sólo la magia hará que aparezca.
Nada se consigue, nada se demuestra,
no se encuentran rastros, ni pruebas ni huellas
y, sin resultados, al fin se cancela
la búsqueda, mientras los padres de Esteban
lloran, desfallecen y se desesperan.
Desde ese momento y hasta que se mueran
vivirán su vida como una condena
añorando al hijo que un día perdieran.

Todo se halla en calma bajo las estrellas
cuando vuelve a abrirse la mágica puerta
y Trino y su madre se asoman por ella
seguidos del niño que ya no es Esteban.
Su nombre es Enebro, y ya no recuerda
que tenía padres y que iba a la escuela.
Con su amigo Trino nada, corre y juega,
y es, como su amigo, un ser de leyenda,
un duende del bosque que flota en la niebla,
y su pelo es verde, y su ropa es negra.

Amables lectores de este gris poema,
dejad que este humilde cronista os advierta
que si tenéis niños, esa dulce y buena
bendición de risas y manos traviesas,
no los maltratéis, no sea que quieran
hacer como hizo el pequeño Esteban.
Y si vais un día por aquellas tierras
y veis que en la noche, una bruma espesa
sobre vuestra casa se cierne siniestra
id al cuarto donde vuestros hijos duerman
y abrazadlos fuerte para que comprendan
que los amáis más que a nada en la Tierra.
Pues si no lo hacéis puede que suceda
que vuestros retoños, si ya no os aprecian
se marchen con Trino y Enebro en la niebla,
que luego os olviden, y que nunca vuelvan.